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Una elección sin debates

En la era de las redes sociales, los debates pesan todavía menos: la forma de transmitir ideas cambió. La profundidad ya no importa tanto.

hace 1 hora
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  • Una elección sin debates

Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com

Los colombianos iremos este domingo a las urnas a elegir quién será el próximo presidente sin que se haya dado un solo debate de verdad. Algunos canales de televisión y otros foros lograron reunir a varios candidatos, pero jamás a todos, y mucho menos a los punteros. Ni los careos entre vicepresidentes, ni los “debates programáticos” —donde hubo más monólogo que deliberación y nunca plena asistencia—, ni ningún otro amague experimental para suplir la falta de disposición de los favoritos logran compensar que esta es la primera elección en años sin un verdadero cara a cara antes de la primera vuelta.

Y la verdad, tampoco creo que nos hayamos perdido mucho: la política ha cambiado mucho como para que sea un debate el que fuera a hacer la diferencia.

El mito de los debates probablemente nació en Estados Unidos en 1960. Ante más de 60 millones de espectadores, Nixon, el candidato favorito, se vio incómodo y sudoroso frente a un Kennedy bronceado y sereno. Muchos argumentan que esa noche la televisión se volvió decisiva y cambió para siempre la forma de hacer política. Desde entonces, a los debates se les atribuyó un poder casi mágico: un solo tropiezo en ellos podía hundir una campaña. Le pasó a Gerald Ford en 1976, cuando negó que Europa del Este viviera bajo dominio soviético. Más recientemente, en 2024, el desplome de Biden en vivo precipitó su salida de la contienda y reconfiguró una campaña que terminó ganando Trump.

Es una narrativa poderosa, pero hay que desconfiar de ella. Un estudio de los politólogos Robert Erikson y Christopher Wlezien, que examinó las presidenciales estadounidenses entre 1960 y 2008, encontró que las encuestas antes y después de un debate apenas se movían. Hoy, varios historiadores discuten hasta el mito fundacional de Kennedy. Lo de Biden en 2024 fue más una excepción que la norma. Además, en todo el mundo el rating de los debates, igual que el de la televisión, anda en retroceso.

En la era de las redes sociales, los debates pesan todavía menos: la forma de transmitir ideas cambió. La profundidad ya no importa tanto. El recurso escaso del siglo XXI es la atención, y gana quien mejor sabe diseñar y curar su contenido para captarla: videos cortos, frases pegajosas y mensajes a la medida de cada audiencia. Mientras más rasgos caricaturizables y distinguibles se tengan, mejor. Brillar en un atril importa cada vez menos. Y cuando un debate sí parece mover algo, suele pesar más la batalla posterior por el relato que lo que se dijo en tarima: los fragmentos, las ediciones y los memes que luego se riegan por Instagram y TikTok.

Colombia ya lo había mostrado. Del exceso de debates de 2018 y 2022 dudo que alguno moviera algo. Rodolfo Hernández no brilló en los debates y luego evitó los de segunda vuelta. Y aun así estuvo al borde de la victoria: entendió, como pocos, la lógica del algoritmo. Ya lo había hecho Trump, y hoy lo estamos viviendo con Abelardo de la Espriella.

Una elección sin debates. Apenas el síntoma de algo más profundo: cómo se reconfiguran la política y el debate público.

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