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Columnistas | PUBLICADO EL 12 junio 2021

Un testimonio adolorido, y un ruego

Por Diana M. Said Cadavid
dianam.saidc@gmail.com

Con todo el respeto que merecen nuestros médicos, por la titánica labor que les ha tocado enfrentar. A todas las personas que puedan hacer una diferencia respecto a la atención médica actual, quiero contarles mi historia.

El pasado 30 de abril, mi esposo, William Satizábal, despertó con un fuerte mareo que le hacía imposible sostenerse en pie. Dada la situación de pandemia, hicimos una consulta virtual para recibir orientación. Nos atendieron con celeridad, el médico al otro lado del teléfono hizo una serie de preguntas y, en menos de 10 minutos, diagnosticó que mi esposo sufría de vértigo, le prescribió las medicinas pertinentes. Se le suministraron, pero no mejoró.

Casualmente, por la noche vino a revisarme la doctora que sigue mi caso poscovid. Le pedí que revisara a mi esposo y lo primero que hizo fue tomarle la presión arterial, notó que la tenía demasiado alta. Inmediatamente, le colocó tratamiento para bajarla y se fue, confiada en que el medicamento daría resultado y él mejoraría.

Siendo las 4 de la mañana, mi esposo despertó con el mismo mareo y la mitad izquierda de su cara paralizada. Llamamos al 123 para solicitar una ambulancia, que llegó casi inmediatamente. Los paramédicos detectaron de nuevo su presión muy alta, por teléfono ubicaron la clínica donde podían recibirlo y lo admitieron. Al llegar, el protocolo indicaba que debían primero descartar covid y no sé cuánto tiempo transcurrió antes de que comenzaran a tratar la enfermedad real que mi esposo padecía: Accidente Cerebro Vascular causado por el tiempo tan prolongado en que su presión arterial se mantuvo alta, pues se hizo evidente que lo que tenía no era vértigo.

Al tercer día de hospitalización mi esposo falleció. La presión arterial ya había causado estragos en su organismo y nada pudo hacerse para revertir sus efectos. A nosotros, su familia, nos queda un enorme cuestionamiento: si el médico de atención virtual hubiera simplemente preguntado: “¿Tiene en su casa la manera de que le tomen la presión arterial?”. La respuesta hubiera sido SÍ, se hubiera detectado la causa de sus síntomas, se hubiera ganado un tiempo precioso y, quizás, mi esposo aún estaría vivo.

Nada de lo que yo diga o haga en este momento va a devolverme a mi compañero de vida por más de 35 años, padre de mis tres hijas, abuelo de dos y excelente ser humano. Solo espero sentar un precedente para que los médicos de las EPS, utilicen más sus sentidos, se basen más en lo que aprendieron al estudiar su carrera y en sus experiencias profesionales, que además de un protocolo escrito, utilicen sus recursos personales para atender a sus pacientes. Quizás, de este modo, otras vidas puedan salvarse de aquí en adelante.

Médicos, no se olviden de la conexión personal que deben establecer con sus pacientes. No le resten a la capacidad para pensar, discernir, sentir y actuar como de verdad debe hacerlo un médico, que está para salvar vidas

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