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¿Y cuánto es toda una vida? Lo suficiente si la miramos sin apegos, y con la dicha intensa del día a día, con los derivados dignos de la bondad humana.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Las sentencias que anuncian una muerte, ya sea en unos cuantos días o en un par de meses, no dejan de sorprender. Ese destino incierto hecho certeza drásticamente resumido en frases como: “Le quedan 48 horas” o “lamento decirle que en el mejor de los casos le quedan seis meses de vida”, abren las puertas de una muerte anunciada que a veces nos susurra, sin más remedio: “¿qué has hecho con tu vida?” Sobre este tema, he pensado muchas veces, digamos que la relación entre la muerte y yo goza de buena salud, he tratado de entenderla, he tratado de vivir.
Hay una película de Doris Dörrie: “Las flores del cerezo”, en la que la muerte sorprende a la muerte y la única opción es recuperar el tiempo perdido, recorrer lo que nunca se ha visto como una manera de acompañar la soledad. Hay un libro de Jaime Bayly, “Morirás mañana”, cuya última voluntad del condenado es vengarse de todos sus enemigos. Y hay otro, “Rapsodia Gourmet”, de Muriel Barbery donde se aborda el tema de la muerte anunciada desde Pierre Arthens, un célebre crítico gastronómico que en su lecho de muerte lo único que desea es recordar un sabor que alberga en lo más hondo de su ser y por eso, mientras espera la muerte en punto, recuerda los sabores de su infancia, de su vida entera, brotan los platos más exquisitos, los restaurantes cerrados por sus duras declaraciones hasta que la memoria, en la premura de la muerte, le trae el sabor más humilde como una lección de vida antes de marcharse.
Estas tres historias, desde luego, no son las únicas que han abordado el asunto. Basta con recordar también aquel romance hermoso y cruel, “El enamorado y la muerte”, de autor desconocido, hasta donde tengo entendido, así algunos se lo atribuyan en parte al “patriarca del teatro español” Juan del Encina (¿1469?-1529). Esta composición poética medieval que ha sido interpretada por Joaquín Díaz, Amancio Prada y Víctor Jara, cuenta la historia de un enamorado quien después de escuchar su sentencia de muerte apenas puede decir: “¡Ay muerte tan rigurosa, déjame vivir un día! Un día no puede ser, una hora tienes de vida”, le dice la muerte inconmovible al amante.
¿Cuánto tiempo necesitamos para despedirnos? Yo creo que toda una vida. ¿Y cuánto es toda una vida? Lo suficiente si la miramos sin apegos, y con la dicha intensa del día a día, con los derivados dignos de la bondad humana. Cierro esta columna con algo que dice Pierre Arthens: “El tiempo que me acucia ahora dibuja los contornos inciertos pero aterradores de mi fracaso final. No quiero renunciar. Hago un esfuerzo desmedido por recordar”. ¿En qué pensarían ustedes si la hora está cumplida, y un día tienen de vida?