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Aunque nunca desaparece, en diciembre aumenta el tráfico ilegal de fauna en las carreteras colombianas. Circuló en estos días un video de venta de loras y pequeños monos cabeciblancos en la troncal de la costa cerca de Sahagún.
$ 700 000 cuesta la vida de uno de esos monos, dijo uno de los vendedores a quien tomó el video con fines de denuncia. Pero nada pasa. Todavía hay humanos que consideran normal y gracioso sacar uno de esos animales de su hábitat para tenerlos entre cuatro paredes viviendo una vida de privaciones, soledad y tristeza.
Colombia ocupa el cuarto lugar entre los países exportadores de animales silvestres vivos, con 11,6 millones de individuos desde 1975 a 2020, un comercio global de 200 millones de animales, de acuerdo con el reporte de la organización Outforia, que escarbó en los datos de la convención Cites sobre protección de la vida silvestre. (Ni qué decir de los usados inútilmente con fines científicos como los del cuestionado señor Patarroyo).
Es lo que se conoce, pero el mercado ilegal que está agotando la vida en ecosistemas de todo el mundo es mucho más grande.
El daño es enorme y de una crueldad sin límites. Apropiarse de una vida inerme para obtener dinero es de lo más ruin de un ser humano.
Solo en Sudamérica el tráfico de fauna mueve más de mil millones de dólares anuales (dato del Área Metropolitana) y se sabe que de cada 10 extraídos de su medio, 8 fallecen en el camino.
Un crimen que amenaza mucho más la vida silvestre, como si no fuera suficiente con otros factores, como la deforestación, el cambio de usos del suelo y el calentamiento global. Hay unas 5 200 especies en peligro de extinción, que involucran al 25 % de los mamíferos y anfibios, 34 % de los peces, 20 % de los reptiles y 11 % de las aves, de acuerdo con National Geographic.
Las autoridades colombianas se quedan cortas frente a la magnitud del problema, por falta de acciones, carencia de personal o desinterés. Todos saben lo que pasa en vías como la citada, pero año a año aparecen los comerciantes ilegales (¿criminales?), cuya actividad no puede escudarse en la pobreza.
Somos un país en donde falta mucho para proteger los animales, silvestres o domésticos, si bien es cierto que la conciencia sobre el tema ha crecido en la última década.
Qué triste ver esos miquitos y loras en la mano de su aniquilador, que los conduce a un destino trágico.
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