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No todos los regalos vienen empacados en papeles de colores

No tardé en darme cuenta de que, en realidad, mi hermano me hizo un gran regalo: su muerte me obliga ahora a disfrutar de esta vida por partida doble, a gozar por mí, pero también por él. Quizá porque no todos los regalos vienen empacados en papeles de colores.

hace 1 hora
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  • No todos los regalos vienen empacados en papeles de colores

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Tenía la maleta empacada y el check in hecho cuando me avisaron que mi hermano mayor había muerto. Como la mente es extraña e impredecible, apenas vi su cuerpo, lo primero que se me ocurrió fue reclamarle por morirse y por haberme dañado el viaje a una feria literaria en Guadalajara a la cual me hacía una ilusión tremenda asistir. Tan solo unos segundos después, me di cuenta de que no ir a la feria sería la menor de mis tristezas. Mandé un par de mensajes y de un tajo cancelé toda mi agenda. Dos meses más tarde me llegó de la nada una invitación a otra feria en México y lo primero que pensé fue que mi hermano me estaba reponiendo el viaje que su partida temprana había malogrado.

Una vez en Veracruz me puse a deshacer la maleta y sólo entonces caí en cuenta de que los tenis que llevaba puestos y todas las camisetas que había empacado eran de él. Como calzamos y medimos lo mismo me quedé con mucha de su ropa y cada vez que me la pongo siento que lo llevo puesto. Es muy extraño percibir su olor en cada prenda, pero mis muertos anteriores me han enseñado que el olor es lo primero que se va y, por lo tanto, lo primero que olvidamos y no hay nada, absolutamente nada que nos permita retenerlo.

Después del evento literario alquilé un carro y me quedé unos días adicionales recorriendo la zona. Adonde voy busco siempre planes de naturaleza y silencio porque es lo que más me gusta, así que terminé en una reserva natural sin internet y sin electricidad. Como llegué de noche me acomodé, sin mucha consciencia de donde estaba, en una cabañita zancona al son de un concierto impresionante de grillos y ranas, sobre un largo inmenso habitado por cocodrilos. Me hizo gracia porque a mi hermano le encantaba ese animal. Al día siguiente me despertaron los aullidos de los micos y los alaridos de cientos de guacamayas como un regalo, como puestas en el cielo exclusivamente para mí que me derrito por ellas.

Los días siguientes los pasé metiéndome a todas las cascadas, manantiales y ríos que se me cruzaron en el camino y recordando mi infancia al pie de una quebrada en cuyos charcos solíamos nadar juntos. Cada lugar que visitaba aquí era más hermoso que el anterior y yo solo pensaba con tristeza en que él ya no podría disfrutar de nada de lo que yo estaba disfrutando. No tardé en darme cuenta de que, en realidad, mi hermano me hizo un gran regalo: su muerte me obliga ahora a disfrutar de esta vida por partida doble, a gozar por mí, pero también por él, que ya no puede hacerlo. Quizá porque no todos los regalos vienen empacados en papeles de colores. Quizá por mi tendencia a buscarle sentido a algo tan difícil de aceptar como la muerte de un ser querido. Quizá porque es verdad que los muertos viven mientras haya alguien que los lleve a cuestas.

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