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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co
Cada gobierno deja una huella. Bien por las reformas, bien por las obras, ora por la capacidad de construir confianza. El de Gustavo Petro, en cambio, parece haber encontrado un récord inigualable: el de la inestabilidad. Sesenta y cinco ministros en cuatro años significan mucho más que un dato; son la radiografía de un gobierno que nunca halló norte ni confianza en quienes él mismo escogió. Tumbar un ministro cada veintidós días en promedio no es dinamismo sino caos convertido en política de Estado.
La más reciente encuesta empresarial de La República pone números a una percepción lapidaria. El promedio del gabinete fue apenas de 2,01 sobre 5 y la tendencia fue siempre en declive. Paradójicamente, los ministros mejor evaluados fueron precisamente aquellos que abandonaron el Gobierno en el preámbulo: José Antonio Ocampo y Alejandro Gaviria, quienes representaban una visión técnica y moderada. A lo largo del mandato llegó una sarta de funcionarios alineados con las azarosas convicciones ideológicas del presidente, pero incapaces de tender puentes con el país social y productivo.
La encuesta también desnuda una realidad grimosa: Gustavo Petro jamás alcanzó una calificación de 3 sobre 5 y terminó su administración con un escaso 1,6 en la última medición. No se trata simplemente de popularidad. Es una valoración sobre liderazgo, capacidad de gestión y generación de confianza, precisamente los activos que más necesita cualquier economía para crecer. Gobernar implica tomar decisiones difíciles, pero también construir equipos sólidos. Ninguna empresa cambiaría su junta directiva cada tres semanas esperando mejores resultados. Ningún hospital reemplazaría a sus especialistas con semejante frecuencia sin poner en riesgo la atención. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió en el Gobierno nacional.
El llamado “gobierno del cambio” terminó siendo —literalmente— el gobierno del cambio... de ministros. Y esa puede ser una de las explicaciones más simples de por qué el país rebosó más incertidumbre que transformaciones. Porque las instituciones necesitan continuidad, la economía requiere esperanza y los ciudadanos demandan gobiernos que sepan hacia dónde van. La vicepresidencia tampoco escapó a la hemorragia negativa. Francia Márquez, uno de los símbolos del proyecto político de Petro, terminó con una evaluación empresarial promedio de apenas 1,5 sobre 5. Ella pudo convertirse en un puente entre el Gobierno y amplios sectores sociales, pero terminó siendo una figura omitida, humillada y de nula incidencia en las grandes decisiones nacionales. Atrás quedó la promesa de que quienes nunca habían tenido voz ocuparían el centro del Estado. Pamplinas.
Petro llegó al Palacio de Nariño con la falacia de limpiar la política, pero terminó enfrentando el fantasma que durante años utilizó como bandera de oposición: la corrupción. Los escándalos que rodearon a su administración golpearon el relato de superioridad ética con el que llegó al poder. La premisa no es solo que haya funcionarios cuestionados; el problema es que un gobierno construido sobre la patraña de ser diferente terminó obligado a responder por episodios que se parecen demasiado a aquello que prometió combatir. La corrupción no solo roba recursos: roba credibilidad. Y cuando un gobierno dilapida la autoridad moral, pierde una de sus principales asignaturas de legitimidad.
Cuatro años de discursos abstrusos, anuncios grandilocuentes, confrontaciones políticas, trinos desabrochados y actitud desafiante, terminaron desparramando la paradoja de que su mayor transformación fue el desencanto. Chao Petro.