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Los pregoneros venden sus promociones con una cadencia distinta, como si sus voces llevaran consigo ecos del futuro.
Por Rubén Dario Barrientos - opinion@elcolombiano.com.co
A 48 horas de irrumpir diciembre, escribo en modo retroactivo. Sí, tomo el taxi, llueve, el ofuscante embotellamiento emerge, tardaré un poco en llegar al destino y retumba el radio del automotor: “desde septiembre se siente que viene diciembre”. Lo que tiene su génesis en una extravagante cuña radial, hoy es un espurio resonar social que engancha generaciones y desadormece el espíritu festivo desde los primeros días del mes nueve del calendario. De golpe, entro a Google y busco el germen de este eslogan. Me remite indefectiblemente a la emisora Olímpica Estéreo, donde un trío de creativos le dio vida a la aparatosa idea. Ellos son los “culpables” de mi enfado, porque yo sigo sin entender cómo con casi cien días de espejo retrovisor se atisba diciembre. Insolencia.
Según relató Miguel Char (el cerebro de la tal idea), en entrevista con El Heraldo, “la tradición reciente en la radio colombiana era comenzar a sonar música navideña el 15 de noviembre, pero la emisora decidió adelantar la celebración al 1º de septiembre”. Y el taxista, con quien entablé diálogo en plena carrera y con taxímetro prendido, me explica: “vea señor, es que los meses terminados en bre, indican que ya diciembre se vino encima”. Le repliqué: ¡No estoy de acuerdo! Evoqué mi infancia, donde era una eternidad llegar a diciembre. De adulto, confieso una experiencia diferente: el agite, le hace guiños a la Navidad y la atiza.
Se asegura que una razón es la forma en que experimentamos los cambios del paso del tiempo a medida que encanecemos, lo que a menudo da como resultado la sensación de que el tiempo se apura cuando nos vamos haciendo mayores. Los ritmos de los días se alteran. Los pregoneros venden sus promociones con una cadencia distinta, como si sus voces llevaran consigo ecos del futuro. Tratándose del mes once, ese sí se siente como un preludio. La gente ya mira con ilusión. Pero, ¿desde septiembre y octubre, queriendo tocar con las manos unos días en lontananza? ¡Mamola!
Es un tiempo moderno, un consumismo que se ceba y que parece haberse desbocado, guiado por las luces de las vitrinas y las inefables campañas comerciales. Es un umbral donde la esperanza y la nostalgia se entremezclan. Es como si el presente nunca fuera suficiente, como si siempre estuviéramos esperando lo que viene después. Para los niños, la Navidad sucede por arte de magia. Para los adultos, empero, la mística festiva es relevada por un torrente de compras y cocina navideña.
Roma, también tenía sus propias fiestas en estas fechas. Eran conocidas con el nombre de ‘Saturnales’. Estas celebraciones duraban una semana, ya que cobijaban el período del 17 al 23 de diciembre. Pero volvamos al cuento: a partir de septiembre, se empiezan a escuchar las primeras canciones navideñas, se ven adornos y la gente comienza a planificar las celebraciones, creando un abreboca impropio que tarda varios meses. Disloque.
En noviembre, en otro taxi, escucho el jingle inmortal: “de año y nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes (...)”. Más entendible. Ya hay atenuante. Es que en mi casa, con mis inmortales padres, se armaba la Navidad solo el 1º de diciembre y ese día había natilla, hojuelas y buñuelos para propios y extraños. Por eso: ¡Tan bueno diciembre, cuando era diciembre!