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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

El voto que se va de paseo

hace 1 hora
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  • El voto que se va de paseo
  • El voto que se va de paseo

Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co

En dos meses y medio, mientras millones de ciudadanos harán fila frente al puesto de votación, otros harán fila... pero en las salas de abordaje. Colombia vuelve a decidir su futuro presidencial un día de junio (el 21), justo cuando parte del país estará pensando más en el peso de la maleta que en el tarjetón. No es una coincidencia menor: es una interferencia silenciosa. Familias que salen, tiquetes comprados con meses de antelación, reservas pagadas y paisajes soñados. Lo que no estaba en el itinerario —porque nunca lo está— es una segunda vuelta presidencial atravesada en la mitad del descanso. Y ahí aparece un fenómeno incómodo, pero real: el voto que no se pierde por apatía, sino por “de malas”. Abstención con boarding pass.

Entre 1 y 1,3 millones de votantes se quedarán por fuera de las elecciones por cuenta del calendario. Para ponerlo en perspectiva, en 2022 la diferencia entre los finalistas Gustavo Petro y Rodolfo Hernández, fue de 687.649 votos. Valga decir, el margen que define al presidente entra en la zona de candela. Y aquí es donde el asunto deja de ser neutro. Quienes más se desplazan —y especialmente quienes salen del país— pertenecen en su mayoría a estratos medios altos y altos. No es un juicio moral, es un dato sociológico. Y esos segmentos, con matices, han tendido a inclinarse por opciones de centroderecha o derecha. Traducido sin eufemismos: el calendario electoral sacará de la cancha a un tipo específico de votantes.

¿Casualidad? Tal vez. ¿Hecho irrelevante? No lo creo. Cuando las encuestas anuncian una contienda apretada —como las que hogaño se mueven alrededor de figuras como Iván Cepeda, Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella, para la vuelta del diablo— cada voto cuenta. Y cada voto que no llega, también. Aquí conviene decir lo obvio, que a veces incomoda, y es que la democracia no solo se distorsiona con fraude; también se deforma con atroces decisiones logísticas. Fijar una segunda vuelta en el corazón del receso estudiantil, no es un detalle técnico sino una torpeza política. No porque haya que acomodar el país al turismo, sino porque no tiene sentido ponerle obstáculos evitables al acto más básico de la ciudadanía.

Algunos dirán que el que quiere votar, vota. Es una frase bonita... pero ilusa. El que tiene un tiquete internacional comprado, con planes y costos hundidos, difícilmente va a cancelar todo por un domingo electoral. No es desinterés: es realidad. Al final, la pregunta no es si la gente prefiere viajar o votar. La cuestión es por qué se le obliga, de facto, a escoger. Y en una democracia seria, eso no debería ser una disyuntiva dado que mientras el país cuenta votos, también contará ausencias. Y el 21 de junio no solo sabremos quién gana en las urnas. También —aunque nadie lo diga en voz alta— quién perdió en los aeropuertos, el mar, los rascacielos, los cruceros, las atracciones mágicas y los hoteles.

¿Debió modificarse la fecha? Sí, por coherencia democrática. En escenarios cerrados, como los que hoy sugieren las encuestas, puede ser muy determinante. Porque al final la democracia no solo se mide en votos. También se resiente en ausencias. Y, fatalmente, Colombia, decidirá su futuro presidencial entre el viaje y la urna, donde el voto — literalmente— se va de paseo.

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