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Con sanciones gobierno pretende operar Hidroituango

Se perfila una intervención dañina, en la que un gobierno convierte imágenes en diagnóstico y, a partir de ellas, despliega instrumentos de control.

hace 1 hora
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  • Con sanciones gobierno pretende operar Hidroituango
  • Con sanciones gobierno pretende operar Hidroituango

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Operar una central hidroeléctrica demanda recursos y respuestas ágiles, pero también una administración del riesgo que no se construya sobre impulsos retóricos. En eso hay consenso. La discusión de fondo aparece cuando se observa cómo el gobierno de Gustavo Petro ha utilizado el proyecto Hidroituango como laboratorio de expansión política: un mecanismo que desplaza el debate y amplía la intervención directa del Ejecutivo sobre un sector cuya lógica técnica y horizonte financiero no se acomodan fácilmente al ritmo de la coyuntura.

La excepcionalidad opera como justificación automática: cualquier matiz técnico o jurídico queda absorbido bajo la urgencia política. En sectores que funcionan con cronogramas y presupuestos de una o dos décadas, esa elasticidad normativa genera incertidumbre y desconfianza para los inversionistas.

Al mismo tiempo, el Ejecutivo se reserva facultades para incidir en instrumentos ambientales que repercuten en la generación de energía. Las sanciones de la ANLA pretenden intervenir variables que determinan el régimen de caudales. El sector eléctrico desde el apagón de 1992 buscó blindar la operación técnica frente a presiones coyunturales. Cuando la excepción se convierte en procedimiento recurrente, esa arquitectura empieza a resentirse.

Lo que ignora el gobierno, es que la gestión de un embalse como el de Hidroituango descansa en modelos hidrológicos rigurosos que anticipan crecientes y ajustan descargas para amortiguar picos de caudal aguas abajo. Un embalse cercano a su cota máxima antes de un frente frío intenso requiere regulación preventiva basada en probabilidades y protocolos. Convertir esa operación técnica en sospecha pública erosiona la legitimidad de decisiones que dependen de cálculos especializados.

El expediente contra Hidroituango llega en un momento en el que el debate técnico ya venía distorsionado por el lenguaje. Después de semanas se habló de represas llenas, de agua botada, de compuertas convertidas en responsables visibles de inundaciones.

La apertura del proceso sancionatorio por parte de la ANLA fija en términos jurídicos esa lectura previa, como si la complejidad del sistema pudiera sostenerse en un libreto que ya venía siendo repetido.

Ahí es donde la discusión pierde rigor técnico. Porque lo que la autoridad ambiental formula como presuntos incumplimientos —el manejo de caudales, la regla de operación, el ascenso del embalse— coincide con aquello que define la operación misma del proyecto. La presa está diseñada para amortiguar los caudales y decidir en qué momento almacenar o liberar agua.

Hidroituango, además, no depende de intuiciones. El sistema recoge información hidrométrica desde distintos puntos de la cuenca y la transforma en pronósticos que permiten anticipar el comportamiento del río Cauca con horas de ventaja. Introducir incertidumbre sobre ese punto modifica la manera en que se decide, porque la operación empieza a moverse entre lo que el modelo indica y lo que podría interpretarse después.

Se perfila así una forma de intervención particularmente dañina, en la que un gobierno convierte imágenes en diagnóstico y, a partir de ellas, despliega instrumentos de control. Esa lógica implica tratar al sector eléctrico como si fuera un adversario político más.

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