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Por Rubén Darío Barrientos G. - opinion@elcolombiano.com.co
Norberto Bobbio —mediático politólogo de Turín— sostenía que el “no tomar partido” puede tener valor ético pero nula incidencia institucional. Juicio acertado, porque el voto en blanco tiene una paradoja dramática: serena la conciencia propia mientras renuncia a influir en el resultado colectivo. Produce alivio moral, pero invalida la eficacia política. Y acaso esa sea la mayor hipocresía contemporánea para ciudadanos que exigen grandeza histórica, pero rehúyen a la facultad de escoger. En este 2026, no se votará por la perfección, claro está, sino por un rumbo. En suma, el voto en blanco tiene algo de perfume republicano y mucho de comodidad emocional.
Su sustrato permite protestar sin comprometerse, indignarse sin elegir y sentirse virtuosamente limpio mientras otros toman las decisiones reales. Es la versión electoral de lavarse las manos como Pilatos. No deja de ser curioso que muchos ciudadanos tilden al país de padecer azarosa crisis multidimensional, como si Colombia fuera un paciente en Uci y, al mismo tiempo, pretendan asistir a una elección presidencial como quien entra a un museo, valga decir, mirando, opinando y sin tocar nada. La medición divulgada por Guarumo/Ecoanalítica desnuda el voto en blanco en 3-4 % para primera vuelta y en 7-8 % para segunda. No es cifra exigua, llevada a votos.
Este año, alguien llegará a la Casa de Nariño. Gobernará alguien. Firmará decretos alguien. Nombrará ministros alguien. Manejará la economía, la seguridad y las relaciones internacionales alguien. Y ese alguien no será producto del voto en blanco. Por eso, quienes se ufanan del voto en blanco suelen confundirse de pedestal y se declaran decepcionados de todo y de todos, pero actúan como si la democracia tuviera la obligación de ofrecerles candidatos hechos a la medida de su vanidad sibarita. Reclaman grandeza histórica mientras escabullen la responsabilidad elemental de seleccionar entre opciones reales.
Y en esa cómoda superioridad terminan convirtiendo la inconformidad en simple esterilidad cívica. Porque el país no necesita espectadores indignados sino ciudadanos capaces de optar, incluso, cuando ninguna alternativa resulta óptima. La democracia madura, nunca ha consistido en escoger redentores. Eso solo ocurre en las religiones y en los fanatismos. La política, en cambio, obliga a sopesar entre seres humanos limitados y proyectos discutibles. Quien espere pureza para votar terminará muriendo políticamente virgen, porque el país será gobernado pase lo que pase. Hay un instante en toda nación donde la neutralidad deja de ser sofisticación y empieza a parecer frivolidad.
Colombia probablemente se encuentra ahí. El país atraviesa demasiadas zozobras económicas, institucionales y sociales como para refugiarse en el cómodo deporte de no decidir. Hoy no cabe el voto en blanco porque Colombia dejó hace rato de vivir tiempos decorativos. Las naciones pueden darse el lujo de la neutralidad cuando atraviesan épocas de bonanza y estabilidad; no cuando discuten simultáneamente su modelo económico, la seguridad, la institucionalidad y hasta el sentido mismo de la gobernanza. El voto en blanco puede servir como protesta simbólica, pero resulta insuficiente cuando lo que está en juego es el norte de un país fracturado, en barrena y con fatiga. La historia rara vez absuelve a quienes se abstienen campantemente en las horas decisivas. Porque el silencio electoral termina favoreciendo a alguien. Y porque, al final, la República no se gobierna en modo blanco.