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A partir de ahora solo deben contar los hechos y resultados que surjan de decisiones acertadas y ejecuciones oportunas, precisas y continuadas.
Por Federico Arango Toro - @fedearto
Colombia acaba de terminar posiblemente el período presidencial más sórdido y corrupto de nuestra vida republicana, del cual han quedado profundas heridas en la vida institucional, un grave deterioro de la confianza pública y una generalizada sensación de desasosiego, que han resquebrajado seriamente la unidad nacional. Quien, movido por el odio, resultó inferior al perdón y a las oportunidades generosamente otorgadas por la democracia, gobernó con displicencia y desinterés por el desarrollo y el bien común, adoptando la confrontación como principal forma de gobierno y comunicación.
Como ciudadanos no podemos quedarnos anclados en la indignación. Tampoco debemos permitir que la sensación de impotencia nos conduzca a una pasiva resignación, pues una sociedad que pierde la esperanza depone sus capacidades y posibilidades, renunciando así a la oportunidad y al derecho de construir un mejor futuro. Estamos en el preciso momento para reconstruir, como sociedad, ilusiones sinceras y conscientes, pero también razonables dentro de lo posible y factible.
Cuando ya tenía en mente el esquema de mi columna y habiendo escrito las anteriores líneas, la tierra estremeció a Colombia con inusitada violencia, agregando a nuestras angustias una tragedia de gigantes proporciones, convirtiendo, de repente, la reconstrucción en imperativo y no una simple metáfora. A las heridas institucionales y sociales que traíamos se suman ahora las humanas y materiales causadas por el terremoto, reclamándonos solidaridad, atención y un esfuerzo colectivo de ingentes proporciones.
Esta dolorosa circunstancia cambia prioridades. Atrás quedan ahora el boato, la pompa y la parafernalia de la campaña y posesión presidencial, las grandilocuentes promesas, las vibrantes consignas y las múltiples refundaciones ofrecidas. La naturaleza acaba de imponernos su propia agenda. A partir de ahora solo deben contar los hechos y resultados que surjan de decisiones acertadas y ejecuciones oportunas, precisas y continuadas, por un equipo coordinado y bien acompasado.
El nuevo gobierno enfrenta, apenas llegando, una prueba de enormes dimensiones que nadie hubiera deseado. Reconstruir lo derrumbado, tanto en lo humano como en lo material, demanda liderazgo, ejecución, transparencia y eficaz coordinación entre Nación, departamentos y municipios. Hay que priorizar con solidaridad e inteligencia, renunciando a lo aplazable y concentrando capacidades y recursos donde la urgencia y el sufrimiento los reclamen. No es momento para protagonismos, competencias burocráticas ni aprovechamientos políticos, solo debe haber gestión mancomunada para ayudar a sanar tanta miseria y dolor.
Semejante tarea tampoco corresponde exclusivamente al Gobierno; la dimensión de lo ocurrido reclama el concurso de toda la sociedad. Si alguna enseñanza podemos extraer de la desgracia, deberá ser la de reconocernos nuevamente como parte de una misma sociedad y destino común. Necesitábamos salir del atasco y fatiga ideológica, política y emocional a los que nos condujeron los últimos cuatro años, deponiendo intereses particulares en favor del mayor bien común. Tan dolorosa e inesperada circunstancia acaba de hacer mucho más urgente este propósito.
Ninguna tragedia puede ser motivo de ilusión, pero la forma como la enfrentemos sí puede ayudarnos a recuperarla. Debemos volver a creer que, desde las diferencias, somos capaces de construir juntos un mejor país.