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Columnistas | PUBLICADO EL 12 septiembre 2022

¿Por qué ganan los populistas embaucadores y neocomunistas?

Los humanos tienen, además de una propensión a lo gratis y fácil, la costumbre de no medir su desarrollo con respecto a su propio punto de partida, sino al estado de otros.

Con frecuencia me preguntan por qué la vertiente política menos apta, menos digna y peor habitada de la historia pudo ganar las elecciones. La respuesta incluiría muchos factores, pero uno me parece fundamental para iniciar un camino hacia ella.

He dicho repetidamente que lamento no haber sido economista, aunque intente entender todo lo que mis enormes limitaciones me permiten. Pero así como cuando uno no sabe bailar, porque la biología fue despiadada con la movilidad corporal, y eso no impide identificar a quién sí sabe hacerlo, así mismo sucede con los economistas: uno sabe quién de verdad lo es y quién, a pesar de haberse graduado de ello, y hasta convertirse en presidente, no aprendió realmente la disciplina. Lastimosamente, sin entender la naturaleza humana y los principios básicos, gradúan de economistas a quienes realmente no lo son. Por eso Marx es tan mal economista, planteando muchas preguntas correctas, pero formulando pésimas y contraproducentes soluciones. Sabía algunas cosas de su ciencia, aunque de teoría del precio, poquito más bien, pero de biología y naturaleza humana, menos que nada.

Un político, jurista y pensador del siglo XIX, Alexis de Tocqueville, fue un estudioso de las sociedades, en especial de las aspiraciones humanas de igualdad y libertad, y aunque sabía que era la segunda la más poderosa para el progreso de la sociedad y sus ciudadanos, reconocía que el bicho humano tiene una parte miserable y envidiosa, que hace que algunos prefieran perder la libertad con tal de que otros no tenga más que ellos. El efecto o paradoja Tocqueville plantea que a medida que mejoran las condiciones y oportunidades sociales en una población, su frustración social crece más rápidamente. Una sociedad que se vuelve más rica suele experimentar una disminución en su satisfacción neta. “I can’t get no satisfaction”, dirían los Rolling Stones en 1965.

En recientes columnas he dicho reiteradamente que este país, a diferencia de lo que pregona la mamertera y el neocomunismo progre, ha avanzado como nunca en su historia, y si vieran las cifras tendrían que callarse para siempre. Pero precisamente es el éxito que ha tenido el capitalismo en democracia, sin desconocer que nos falta mucho por hacer y resolver, lo que ha dado pie a los marxistas, que fracasaron rotundamente el siglo XX y fracasan en este, para decir que todo es una porquería y estamos peor que nunca, resaltando y magnificando cosas que hace unos años hubieran sido consideradas como irrelevantes.

Los humanos tienen, además de una propensión a lo gratis y fácil, la costumbre de no medir su desarrollo con respecto a su propio punto de partida, sino con respecto al estado de otros, y por eso terminan convirtiéndose en desagradecidos, descontextualizados e idiotas útiles de parásitos embaucadores que, aprovechándose de ellos para acceder al poder, les prometen a quienes se alimentan de la envidia, y no del logro marginal que ofrece el trabajo y el sacrificio personal solidario, las soluciones fracasadas del marxismo insepulto 

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