viernes
2 y 8
2 y 8
En algunos de nuestros medios de comunicación no se leen las noticias, más bien se gesticulan y atropellan las palabras en una catarata infinita de sonidos desprovistos de sentido, no hay espacio ni tiempo para la reflexión y los silencios, se trata de llenar cada lugar, por mínimo que parezca, con ruido. Le tememos al vacío, nos aterra la pausa.
Como generalmente se considera inferior al otro, se desprecia su capacidad de análisis, entonces se narra lo que se ve, le reiteramos con el verbo lo que la imagen ya describe y al hacerlo se le ”banaliza” y la desprendemos de su capacidad evocadora; es la metáfora la que nos permite soñar, pero los sueños son el germen de la utopía y los soñadores estorban, al parecer es la lógica de la razón la que importa, está demostrado que casi siempre a los sueños se les mata. Lo atiborramos todo, amamos el “decorado”, la parafernalia, el oropel. Se trata de consumir imágenes visuales o sonoras desprovistas de sentido.
Muy pocos están dispuestos a escuchar sus silencios, la pausa y la quietud invitan a la introspección y es ahí donde surgen las preguntas, pero, para qué cuestionarse, para qué cambiar si al hacerlo nos alejamos de la tradición. Se busca perpetuar lo establecido o al menos ese es el interés de algunos.
Hablar, hablar y hablar; convertir en gritos sordos las palabras y las frases, despojarlas de sus significados, convertirlas en eco. Cuánto amamos los adjetivos, esos son nuestros favoritos, califican, y al hacerlo señalan y generalmente denigran y es ahí donde encontramos placer, hacemos de la envidia el motor de nuestra superación y del señalamiento al juzgar, la norma.
Convertimos el discurso en cantaleta y la conversación en griterío, el que pregunta espera oír como respuesta lo que quiere y no el pensamiento del otro, al parecer no se trata de intercambiar ideas, hay que imponerlas.
Se maltrata al invitado, se le demuestra el poder y se le humilla con la palabra, se le condena antes de juzgarlo, ajustamos ética e ideología según nuestra conveniencia, momento y circunstancias y al hacerlo seguimos prolongando desde nuestra boca la guerra, así construimos las bases para otros 50 años de ignominia.
En una sociedad que hace invisibles a los miembros de su comunidad, gritar es una de las pocas maneras de asomarse al mundo, la única forma de hacerse visible, quizás por eso verbos como delinquir, maquillar, tumbar, cobrar, maltratar o violentar es la voz de miles.
Somos iconoclastas, destruimos símbolos y normas, despreciamos y descalificamos por placer, se busca lanzar peroratas porque al hacerlo quizás obtengamos la visibilidad negada.
Aquí todos gritan y cuando tantos gritan es mejor callar.