Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Defender esa historia no significa negar los desafíos que Colombia aún enfrenta. Significa reconocer que el progreso también merece ser contado.
Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb
Hay una historia de Colombia que rara vez ocupa el centro de la conversación pública. No es la de las crisis ni la de los discursos que anuncian el fracaso permanente del país. Es una historia mucho más silenciosa: la de millones de colombianos que lograron cambiar el rumbo de sus vidas gracias al trabajo, la educación, el ahorro y el emprendimiento.
En las últimas tres décadas, Colombia vivió una de las transformaciones sociales más importantes. El Banco Mundial estimó que, hacia 2016, más de seis millones de colombianos habían salido de la pobreza y que, por primera vez, la clase media superaba en tamaño a la población pobre. Angulo, Gaviria y Morales documentaron que entre 2002-2011 la pobreza monetaria cayó del 50 % al 34 %, mientras la clase media pasó del 16 % al 27 % de la población. La mayor conquista social no ha sido un gobierno ni una reforma específica; es la posibilidad de que millones de personas ascendieran socialmente.
Ese es el verdadero progreso. El hijo del conductor que llegó a la universidad. La madre cabeza de hogar que abrió un negocio. El trabajador que compró su primera vivienda. La familia que comenzó a ahorrar para su retiro. Son historias que rara vez ocupan titulares, aunque expliquen mejor el país que muchos discursos.
Por eso resulta revelador el caso de Jerome Sanabria. Más allá de sus posiciones políticas, representa una historia de movilidad social. Nacida en un hogar de estrato dos, construyó una voz propia y hoy participa en el debate público. Su trayectoria desafía una idea arraigada en cierta izquierda: que el origen social determina el destino y que el progreso individual es una excepción. Jerome simboliza algo más grande que una discusión política. Representa a miles de colombianos que demostraron que el lugar donde se nace no tiene por qué ser el lugar donde se termina la vida. Como ella misma dice, “nos salimos de su libreto”. Y ese libreto consiste en creer que el ciudadano debe ser definido por sus carencias y no por su capacidad de salir adelante.
Quizás ahí aparece una diferencia en la manera de entender el país. Una parte de la izquierda ha hecho de la desigualdad su principal lente para interpretar la realidad. Esa mirada ha permitido identificar problemas reales, pero invisibiliza una historia igual de importante: la de quienes progresan. Se habla con facilidad de los obstáculos, pero menos de las condiciones que hicieron posible que millones de colombianos dejaran de ser pobres y construyeran una vida más próspera.
Albert Hirschman llamó a ese fenómeno “fracasomanía”: la tendencia a interpretar la realidad desde aquello que falta, incapaces de reconocer avances porque nunca parecen suficientes. Esa mirada alimenta una narrativa donde el progreso siempre parece sospechoso y la movilidad social nunca alcanza para cambiar el relato.
Defender esa historia no significa negar los desafíos que Colombia enfrenta. Significa reconocer que el progreso merece ser contado. Una sociedad avanza cuando más personas pueden estudiar, emprender, ahorrar, construir patrimonio y depender menos del poder político para desarrollar su proyecto de vida. Esa ha sido una de las mayores conquistas de Colombia. Quizás por eso es tan incómoda para quienes prefieren explicar al país únicamente desde sus problemas y no desde su capacidad de progresar.