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Cuando una institución destruye su credibilidad, le regala verosimilitud a cualquier disparate que se cuente sobre ella.
Por Diego Santos - @diegoasantos
Corre hoy una verdad revelada en Colombia y se repite en casas, oficinas y chats familiares: Argentina es el equipo de la FIFA. Que los Mundiales los tiene comprados. Que es la selección de Infantino. Que Messi es Messi gracias a los árbitros. Por supuesto, esto es una teoría tan desquiciada como decir que la Tierra es plana, con una diferencia: al terraplanista lo miramos con lástima (aunque en este mundo tan estúpido cada vez menos); al conspiranoico del fútbol le damos la razón entre risas.
No debería importarnos, por lo majadera que es la acusación. Un futbolista no acumula ocho balones de oro, un Mundial, dos Copas América y 20 años de estadísticas obscenas a punta de penaltis regalados. Sí debe preocuparnos, y mucho, porque lo que vemos no es opinión futbolera: es la demostración en vivo de la eficacia más voraz que le hayamos conocido a la desinformación.
Inquieta no el hecho de que alguien lo diga, sino que lo dice todo el mundo, porque todos lo dicen. No es un tema de personas sin cultura: uno habla con profesionales llenos de pergaminos, con niños, con abuelas, y la premisa es idéntica: ganan con trampa. Nadie vio el expediente, nadie necesita verlo. La narrativa llegó primero que los hechos y se instaló con la comodidad de lo que no exige pruebas, solo repetición.
Pero claro, tampoco se puede tapar una realidad y esta teoría de la conspiración floreció porque hay un contexto. La FIFA se encargó durante décadas de abonar el terreno para que la semilla de la desinformación creciera. El FIFAgate fue real, los sobornos fueron reales, los dirigentes presos fueron reales. Cuando una institución destruye su credibilidad, le regala verosimilitud a cualquier disparate que se cuente sobre ella. La conspiración de hoy es hija bastarda de la corrupción de ayer. Pero una cosa es desconfiar de una burocracia con prontuario y otra muy distinta creer que miles de partidos, árbitros, cámaras y rivales participan en silencio de un libreto para coronar a un rosarino.
Por eso mi preocupación es más grande que el fútbol. Si esto pasa con lo más auditado que existe —un deporte con VAR, repeticiones infinitas y millones de testigos en simultáneo—, ¿qué no pasará con la política, con la justicia, con una elección? Si logramos convencernos de que Messi es un fraude transmitido en vivo, convencernos de que unas urnas fueron manipuladas en la oscuridad es un trámite. De hecho, ya lo estamos viviendo: acabamos de ver a un presidente insinuar fraude sin una sola prueba, y a medio país encogerse de hombros.
Ante esto no podemos callarnos ni reírnos. Cada vez que la teoría aparezca en la mesa hay que hacer la pregunta que desarma conspiraciones: ¿cuál es la evidencia? Elevar la voz no es gritar más fuerte que el conspiranoico; es negarse a dejarle pasar gratis la premisa, porque el mundo que están construyendo estas narrativas tóxicas funciona por turnos, y en el momento menos pensado el descalificado sin pruebas puede ser usted, su causa, su candidato o su nombre.
El día que ganar sea sospechoso, perder será la única forma de ser inocente.