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Por Alejandro Mesa Gómez
*redaccion@elcolombiano.con.co
En estos días difíciles, en medio de tantas noticias inquietantes, de la sobredosis de información (cierta y falsa), y de la percepción que tienen muchos ciudadanos sobre el papel que juegan las empresas, quisiera enviarles un mensaje de aliento y reflexión a todos mis colegas. Me gustaría empezar por definir esa valiosa palabra. Colegas son todos aquellos que han dedicado su conocimiento, trabajo, esfuerzo y capacidad a llevar a cabo un propósito más grande que ellos mismos, uno que valga la pena. Para muchos ese gran propósito es la razón de ser de sus empresas.
Estoy convencido de que las instituciones con mayor poder y capacidad para transformar las realidades de la gente, de nuestro país y del mundo, son las empresas. Ellas, en su definición más pura, son un sistema biológico que transforma energía, la energía que todos invertimos para que cada organización sea capaz de generarle valor a la sociedad. Aquí o en Europa, en China o en Estados Unidos, esa es su misión: lograr que nuestras vidas, en armonía con el planeta, sean mejores.
Tristemente, en los últimos tiempos y por diversas razones, el concepto de empresa ha ganado otras connotaciones. Es percibido por muchos como un simple vehículo de lucro y como un ente alejado de la realidad de las personas. Los que trabajamos en ellas sabemos que no es así, y esta es la mejor oportunidad para reafirmarlo. Las empresas demuestran cada vez más que son capaces de hacer su trabajo con gran precisión en términos de su propuesta de valor y de las soluciones que entregan a la humanidad. Hoy, entonces, tenemos que demostrar todo ese potencial, proponiendo nuevas ideas que nos ayuden en esta época incierta.
No esperemos las respuestas que llegan de los gobiernos centrales o de las instituciones locales, ellos están haciendo su mejor esfuerzo para afrontar el problema. Somos nosotros, como individuos, familias y corporaciones, los que asumiendo nuestra responsabilidad podemos aportar para encontrar caminos. Si aguardamos pasivamente las respuestas estatales perderemos tiempo, la espera será muy larga. Todos hemos sido afectados por esta pandemia, así que debemos trabajar unidos.
¿No deberíamos las empresas con nuestras capacidades y creatividad, eficiencia y agilidad tratar de cooperar? Sabemos innovar, de logística, de nutrición, de big data y analítica, de economía y finanzas, de tecnología, ¿podríamos aplicar esos saberes a los mayores desafíos que enfrentamos en este momento?
Nos han dicho durante siglos que somos seres racionales, pero en estos instantes somos, sobre todo, emocionales. Esas emociones nos llevan a tomar dos caminos diferentes. De un lado podemos elegir el miedo que nos arroja a seguir la ruta del rebaño, a no crear, a comportarnos como los demás, sin salirnos de la fila para salvarnos el trasero. Y la mejor manera de cubrirlo es no hacer nada, esperar y darle la responsabilidad a los demás. Una decisión que tendría consecuencias funestas a nivel social y económico.
Del lado opuesto del temor encontramos el coraje y la valentía. Tenemos que ser audaces, proponer iniciativas y obrar con determinación, de esta forma hallaremos nuevas respuestas.
¿Cuál será nuestra elección?: ¿pausar y no correr riesgos, delegando nuestra responsabilidad a otros?, ¿alimentar nuestra vanidad, con actos heróicos, creyendo estar del lado correcto de la historia? o ¿ser audaces, generosos y humildes, y poner todas nuestras capacidades al servicio de la búsqueda de maneras para superar este desafío?
Hace poco mi amigo el consultor Eduardo Salazar, me dijo que en estos momentos críticos contamos con dos equipos, el rojo y el azul. El primero está conformado por los epidemiólogos que trabajan sin descanso para salvar todas las vidas posibles. El segundo, el azul, está integrado por personas más pragmáticas que nos invitan a poner todo en una balanza y aseguran que el daño económico destruirá más vidas que la pandemia. ¿Cuál de los dos tiene razón?, ¿el azul o el rojo? Tal vez ambos. O ninguno. Depende de cómo lo veamos. Por eso propongo una solución morada, que integre esas dos posturas. Ese es el llamado que les hago a mis colegas: actuemos de manera muy inteligente, para cuidar cada vida y evitar una catástrofe económica.
Es el momento de activar nuestros equipos, habilidades, conocimientos y experiencias para buscar soluciones poco ortodoxas, entender las prioridades del momento y tomar decisiones ágiles sin esperar que se publique un decreto perfecto que nos diga qué hacer. Un virus biológico que se adapta incesantemente no se supera con decretos, se supera con acciones inteligentes y creativas.
Dejemos de lado los heroísmos políticos y empresariales, el ego y la vanidad. En vez de héroes, la vida reclama personas que trabajen coordinadamente, cuidándose, desde sus talentos y vocaciones, sin protagonismos y falsas promesas.
Theodore Roosevelt habla de ese tipo de personas en su discurso El hombre en la arena, cuando hace referencia a quien “agota sus fuerzas en defensa de una causa noble, el que, si tiene suerte, saborea el triunfo de los grandes logros y si no la tiene y falla, fracasa al menos atreviéndose al mayor riesgo, de modo que nunca ocupará el lugar reservado a esas almas frías y tímidas que ignoran tanto la victoria como la derrota”.
Enfoquemos nuestra energía creadora de emprendedores en cosas que aporten. Nuestra misión como empresarios es crucial para generar soluciones, transformar paradigmas, inspirar, elevar el intelecto y proponer actos concretos desde nuestro círculo de influencia. Contribuyamos en la construcción de un mundo que se transforma.
* CEO de Iluma Alliance