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Nada es para siempre

A veces la trascendencia no está en las grandes obras, sino en esas huellas pequeñas que quedan en quienes estuvieron cerca.

hace 3 horas
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  • Nada es para siempre

Por Josefina Agudelo Trujillo - opinion@elcolombiano.com.co

Con los años vamos entendiendo, no siempre sin dolor, que nada es para siempre. Lo sabemos en teoría, lo repetimos con frecuencia, pero solo lo comprendemos de verdad cuando la vida nos lo muestra de cerca: cuando un ciclo termina, cuando alguien se va, cuando una relación cambia, cuando un proyecto que parecía sólido deja de serlo, o cuando aquello que creíamos nuestro empieza a tomar otro rumbo.

La reciente tragedia de Venezuela me ha conmovido profundamente; es un espejo cercano que refleja la fragilidad humana y la impertinencia del cambio; al mismo tiempo despierta la inmensa capacidad de solidaridad frente al sufrimiento, como es el caso de los rescatistas que han llegado para salvar a otros arriesgando su vida.

No hay respuestas a la pregunta de por qué pasan estas cosas; es más sensato preguntarse para qué. Tal vez para hacernos más conscientes de que todo es temporal y nada debería darse por sentado. Ni el amor de quienes nos rodean, ni la salud, ni el trabajo, ni la confianza, ni las oportunidades que la vida pone en nuestras manos. Todo merece cuidado precisamente porque puede cambiar.

No somos dueños de nada. Somos solo administradores temporales de los bienes que Dios o la vida ponen en nuestro camino. Los recibimos por un tiempo, los habitamos, los cuidamos —o los descuidamos— y algún día tendremos que entregarlos. La pregunta, entonces, no es cuánto logramos conservar, sino en qué estado dejamos aquello que pasó por nuestras manos.

Me gusta pensar en esa pregunta aplicada a la vida cotidiana. ¿Dejamos mejores conversaciones en la familia? ¿Mejores equipos en el trabajo? ¿Más serenidad que conflicto? ¿Más gratitud que reclamo? ¿Más unión que distancia? A veces la trascendencia no está en las grandes obras, sino en esas huellas pequeñas que quedan en quienes estuvieron cerca.

Aceptar que nada es para siempre también ayuda a vivir las pérdidas con otra mirada. No les quita el dolor, pero les da contexto. Lo que termina no siempre fracasa; muchas veces simplemente cumplió su tiempo. Una etapa puede cerrarse y, aun así, haber valido la pena. Una relación puede transformarse y seguir dejando aprendizajes. Un proyecto puede terminar y conservar su sentido.

Quizá la madurez consiste en aprender a querer sin poseer, a trabajar sin creer que el cargo nos define, a construir sin olvidar que otros vendrán después, a disfrutar sin aferrarnos y a despedirnos sin sentir que todo se pierde. No es fácil. Pero tal vez esa sea una de las tareas más importantes de la vida.

Nada es para siempre. Pero mientras algo —o alguien— esté bajo nuestro cuidado, podemos honrarlo con presencia, gratitud, disfrute y responsabilidad. Y quizás, al final, esa sea la manera más humana de permanecer.

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