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Meditaciones de Actualidad

Ser un país democrático, y ser percibido como tal, es una fuente de legitimidad a nivel interno y de prestigio a nivel internacional.

hace 3 horas
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  • Meditaciones de Actualidad

Por Rodrigo Botero Montoya - opinion@elcolombiano.com.co

El final de una campaña presidencial reñida y poco convencional permite hacer algunas reflexiones acerca de nuestro ordenamiento institucional que merecen destacarse, si bien los colombianos los damos por sentados. Una primera observación hace referencia al régimen democrático, el cual, con todas las imperfecciones que se le quieran señalar, es el que prevalece en Colombia. En el convulsionado mundo actual, eso no es poca cosa. No es algo que pueda afirmarse acerca de ciertas potencias mundiales, ni de varios países de la región.

El hecho de que podamos escoger nuestros gobernantes para periodos fijos, depositando votos en sitios determinados con anterioridad, de acuerdo a normas legales conocidas nos diferencia de regímenes autoritarios. La escogencia de dirigentes mediante ese mecanismo es la expresión del gobierno por consentimiento de los gobernados, uno de los grandes logros de la humanidad, que hace parte de la tradición política del país. Winston Churchill afirmaba que ‘creamos las instituciones, y luego, las instituciones nos forman a nosotros’. La importancia del sistema electoral en Colombia desde el siglo XIX ha sido documentada por distinguidos historiadores. Ser un país democrático, y ser percibido como tal, es una fuente de legitimidad a nivel interno y de prestigio a nivel internacional. Las cancillerías de las democracias occidentales mantienen las formalidades diplomáticas en sus relaciones con el mundo exterior, pero tienen presentes las diferencias entre regímenes legítimos y regímenes autoritarios.

En la época en la cual la Cancillería de San Carlos estaba bajo la influencia de determinadas familias tradicionales santafereñas, había una clasificación informal de la jerarquía de las embajadas en el exterior. Las preferibles y de mayor categoría eran las embajadas en países con monarquía constitucional, y necesidad de lucir traje de paño. Las menos deseables eran las embajadas en países con dictador, palmera y guayabera.

En este contexto, resulta inevitable mencionar a Venezuela por la cercanía y por el hecho de que el proyecto del presidente Petro y de su movimiento político es imitar el socialismo del Siglo XXI que impulsó Hugo Chávez. La presidenta interina gobierna sin respaldo popular ni legitimidad. El régimen represivo sigue.

Por último, unas palabras acerca del fútbol, que ha logrado convertirse en el deporte mundial sin discusión. En mis tiempos de estudiante en MIT, el denominado ‘soccer’ era un deporte casi desconocido que jugaban los estudiantes extranjeros. En la actualidad, es un furor mediático del cual se ocupan los gobiernos y los anunciantes, que ha desplazado al béisbol como el tercer deporte más popular de Estados Unidos después del fútbol americano y el básquetbol. Así lo reflejan los precios de las boletas para asistir a los partidos. En un saludable ejercicio igualitario, países grandes y pequeños, países ricos y pobres encomiendan su fama deportiva a la destreza de sus jugadores en la cancha. Desde la distancia, estaré apoyando a la Selección Colombia y deseándole grandes éxitos.

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