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Ningún poder es invulnerable cuando desprecia la fuerza de muchos actuando como uno solo.
Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada
Las grandes metáforas políticas no nacen de la improvisación. Sobreviven porque expresan una verdad que atraviesa siglos. Cuando el expresidente Álvaro Uribe afirmó que, “si el tigre quiere acabar con nosotros, seremos abejas africanas”, no propone una comparación zoológica, sino una vieja lección de estrategia: La fuerza no siempre pertenece al más grande, sino a quien sabe convertir la acción colectiva en poder.
Mucho antes de que existieran los partidos políticos, Esopo ya había advertido ese principio. En una de sus fábulas, un águila, convencida de que ninguna criatura diminuta podía desafiarla, desprecia a un pequeño insecto y destruye aquello que protegía. El insecto jura vengarse y hace caer una y otra vez los huevos del águila. Desesperada, esta acude a Zeus, quien decide protegerlos sobre su propio regazo. Entonces el diminuto atacante comienza a revolotear alrededor de la cabeza del dios. Zeus intenta espantarlo con un movimiento brusco y, sin advertirlo, deja caer los huevos que buscaba proteger. La enseñanza permanece intacta: no existe enemigo pequeño cuando la soberbia impide verlo.
La política confirma esa verdad. Los gobiernos suelen concentrarse en grandes adversarios, mientras las transformaciones nacen de cientos de acciones discretas que, aisladas, parecen insignificantes, pero coordinadas alteran el equilibrio del poder. Colombia conoce bien esa lógica. No es la primera vez que los insectos sirven para explicar una estrategia política. Alfonso López Michelsen bautizó como Operación Avispa una forma de construir mayorías mediante numerosas acciones pequeñas que, actuando simultáneamente, produjeron un resultado superior a la suma de sus partes. La fuerza no residía en una maniobra espectacular, sino en la inteligencia para multiplicar esfuerzos modestos hasta convertirlos en mayoría.
La referencia de Uribe a las abejas africanas pertenece a esa tradición. No propone enfrentar la fuerza con una fuerza mayor. Propone responder a la concentración del poder con la organización de muchos. Una abeja, por sí sola, apenas representa un aguijón. Miles actuando como una sola voluntad obligan, incluso, a los animales más poderosos a retroceder. Su eficacia no depende del tamaño, sino de la coordinación, la disciplina y el propósito compartido. Esa es la enseñanza para el Centro Democrático. Ningún dirigente puede reemplazar el compromiso cotidiano de quienes creen en una causa. Cada militante tiene un espacio que defender. Cada concejal, diputado, congresista, dirigente local, militante o ciudadano posee una tarea que parece pequeña, pero deja de serlo cuando se integra a un esfuerzo común. Una conversación, una respuesta, una reunión, un argumento, un voto, una denuncia. Ninguna de esas acciones cambiará por sí sola el rumbo del país. Todas juntas pueden hacerlo.
La soberbia del poder suele cometer el mismo error: Mirar únicamente hacia arriba, donde imagina que surgirán sus rivales, y dejar de observar aquello que se mueve silenciosamente a ras del suelo. Las grandes derrotas rara vez comienzan con un golpe espectacular. Empiezan cuando el poderoso deja de prestar atención a movimientos pequeños que, al encontrarse, forman una fuerza imposible de contener. La imagen de las abejas africanas trasciende la coyuntura. Es una invitación a comprender que la política no depende únicamente de sus dirigentes, sino de la responsabilidad de quienes sostienen una causa desde el lugar que ocupan.
Esopo lo entendió hace veinticinco siglos. López Michelsen lo convirtió en táctica parlamentaria. Uribe lo recupera como llamado a la movilización política. Cambian las épocas y los protagonistas pero la lección sigue siendo la misma: ningún poder es invulnerable cuando desprecia la fuerza de muchos actuando como uno solo.