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La Terminal

hace 24 minutos
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Intentando esconder su vergüenza, el hombre se bañaba en la Terminal del Norte al finalizar el turno. Cada noche entraba a las duchas que ya estaban cerradas para el público para tratar de arrancarse el olor a limpio.

Había pasado ya cinco años largos haciéndolo. Se había prometido hacer lo posible por enviar a un buen colegio a su hija y que se educara adecuadamente. Eso era lo único que posiblemente podría dejarle, pensaba. Quería que se presentara al mundo con dignidad y la cabeza en alto, no como él, que soportaba cada día cientos de miradas llenas de menosprecio. La humillación era algo que también deseaba quitarse con el agua y el estropajo.

Era el único que aportaba en su hogar y lo aportaba todo. Su esposa, el gran amor de su vida, era su mayor respaldo. Siempre la encontraba allá arriba, en el cielo, cuando subía la mirada para recordarle que era su angelito y que no lo dejara rendir. Vivía con su mamá que a pesar de la silla de ruedas y la tembladera, estaba firme. Lo suficiente para apoyarlo estando en casa con la niña que se le creció en un abrir y cerrar de ojos. Ese era su mayor tormento. Cumpliría quince años y le había prometido una fiesta digna de un año de salarios mínimos. La imaginaba en el vals con su cabeza en alto, pero no le iba a poder cumplir.

Las buenas promesas siempre nacen de la ilusión y cuando hizo la suya, aún faltaban cinco años. De verdad pensó que sería posible, no le estaba mintiendo en eso. Fue la razón por la que le firmó el papel que ella preparó como contrato. Figuritas de palitos y cabezas grandes rodeando una torta gigante. Globos y notas musicales de colores fue lo que pintó junto a un enorme 15. Incluso era más grande que la flota de su papá al que le puso escarcha rosada para que resaltara. Esa la promesa ajada por el tiempo. La única mentira. Ni su balde ni su trapero habrían sido suficientes para secar la vergüenza que se le quería escapar por los ojos. Se imaginaba obligado a reconocerle que no surcaba montañas y planicies sino inodoros y orinales. Que no era el gran conductor de esa flota que pintó, sino el humilde aseador del lugar.

El cumpleaños caía un martes y al llegar con la torta de seis porciones para que los tres en casa pudieran repetir, le reconocería la verdad. Ya no tenía de otra. En el baño rutinario se restregó con más fuerza intentando que el dolor en la piel opacara el de su alma. Ya nadie quedaba en la terminal cuando por fin salió para llamarla y pedirle que lo esperara despierta.

Al legar, las luces se encendieron con el grito de sorpresa. Sus compañeros, todos con el uniforme que él escondía, celebraron su llegada. Ella, con dignidad y la cabeza en alto, le dijo que siempre había sabido que su padre nunca había temido ensuciarse sus manos por ella y que el cómo, era lo que menos le importaba al orgullo que sentía por él.

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