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Los siempre olvidados

Los campesinos, esa eterna base de la pirámide social, que parece desmoronarse porque hemos decidido tener una agricultura sin agricultores, en la que las máquinas y la química los reemplazan.

17 de febrero de 2024
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Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

Han paralizado ciudades, se han enfrentado a las autoridades y han conseguido hacer retroceder planes creados para avanzar hacia un futuro más verde. Que en 25 de los 27 Estados de la Unión Europea se hayan extendido las protestas de agricultores y ganaderos no es un tema que se pueda ignorar. Y sin embargo, lo normal es que pase el tiempo y se olvide.

Desde sus tractores, como jinetes de un mundo que se desvanece casi sin darnos cuenta, recorren calles y avenidas explicando la situación asfixiante en la que se encuentran, mientras distintos grupos políticos intentan sacar provecho y promueven sus propias agendas políticas.

Los campesinos, esa eterna base de la pirámide social que parece desmoronarse porque hemos decidido tener una agricultura sin agricultores en la que las máquinas y la química los reemplazan, lanzan sus últimos gritos de guerra. Esos que una vez fueron esenciales para revoluciones como la francesa, la rusa y la mexicana, hoy van perdiendo fuelle porque cada vez son menos. No pueden vivir de su trabajo y en el mejor de los casos reciben una subvención para callarlos, pero no para solucionar los problemas de fondo.

Esta vez piden que la transición ecológica que quiere liderar la Unión Europea no los ahogue más. Que no los sobrecarguen de burocracia, que no los penalicen injustamente y que no los conviertan en el problema cuando ellos podrían ser la solución si las reglas del juego fueran las mismas para todos aquellos que participan. Porque, ¿qué política ecológica se puede hacer de verdad sin la gente que trabaja la tierra? No deja de ser absurdo que hoy en día exista una agricultura ecológica, la de los llamados productos de proximidad o kilómetro cero, tan costosa que sólo pueden acceder a ella quienes manejan una economía familiar boyante. El resto de la gente mira las etiquetas con los precios, suma mentalmente y se da cuenta que le conviene pagar la que viene de lejos sin dedicarle mucho tiempo a pensar en cuántos pesticidas han intervenido en su producción. Se come lo que se puede, dirán muchos.

La agricultura tradicional está herida de muerte. Y a la vez el planeta sigue su carrera desbocada hacia condiciones extremas que van a hacer más difícil vivir. El juego no puede ser producir en países pobres y en muchos casos sin derechos, vender los alimentos a las naciones ricas y llevarse los beneficios a paraísos fiscales porque de esa forma termina por desaparecer un sector al que le debemos lo más básico: nuestra alimentación.

Cómo hacer para que el trabajo de los agricultores compense de tal forma que puedan vivir de ello, que haya una siguiente generación que se interese por el campo y quiera reemplazarlos. Respuestas desde la comodidad de un despacho hay muchas, porque teorizar en un papel siempre será más fácil que desde un arado. Pero por lo pronto estos agricultores y ganaderos europeos piensan seguir protestando y recorriendo carreteras con sus tractores. Tienen la fe puesta en que esta vez algo va a cambiar para ellos.

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