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Cuando el mundo se encerró en el primer semestre del 2020, como único método fiable contra el coronavirus, los gobiernos insistieron en que el aislamiento tendría que ser radical para ser efectivo. Las únicas salidas permitidas eran las urgentes. Ir al mercado de la esquina por la canasta básica, cumplir con una cita médica inaplazable, asistir a un enfermo o a un familiar que no pudiera valerse solo. Nada más que eso. Ni pensar en ir a la vivienda de otros por el simple hecho de la compañía. Mucho menos en reuniones sociales. Era —decían una y otra y otra vez— la manera de ganar esa primera batalla de la pandemia mientras la ciencia trabajaba para protegernos. Hoy, dos años después, con el virus aún presente, pero arropados por la enorme eficacia de las vacunas, salen debajo del tapete realidades que asquean y ponen en evidencia a mandatarios abusivos que se pasaron por la faja sus propias recomendaciones.
En América Latina lo vimos hace unos meses en Argentina, cuando salieron a la luz las fotos de una celebración de cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, con un grupo de amigos en la residencia presidencial y con torta y vino y abrazos y sin tapabocas, mientras el país atravesaba una de las cuarentenas más estrictas del hemisferio. Las imágenes generaron un escándalo y fueron el primer paso para esa impopularidad que ahora arrastra el presidente Alberto Fernández. Las instantáneas, publicadas por todos los medios y todas las redes, le costaron incluso al oficialismo las legislativas de noviembre pasado. En su momento la pareja presidencial pidió disculpas, con excusas ridículas, y hoy parece un recuerdo amargo pero lejano.
En Europa —donde ilegalidades similares terminaron con las carreras políticas de consejeros y asesores—, el primer ministro Boris Johnson está en la cuerda floja. Lo del extrovertido conservador es una vergüenza sin atenuantes. Según reveló un informe interno que analizó el “encierro” en el 10 de Downing Street, Johnson y sus funcionarios y conocidos efectuaron entre el 2020 y el 2021 más de 16 eventos sociales. Cumpleaños y despedidas e incluso fiestas navideñas. Y el mandatario salió presuroso a ofrecer el consabido arrepentimiento y algunos miembros de su círculo cercano ya dimitieron.
La bola de nieve crece y el escándalo trae cola. Tanto la oposición como parte importante del oficialismo quieren sacar a Johnson por el partygate. Quizá, por ahora, la conveniencia política lo mantenga en el puesto, porque ya sabemos de sobra que en el ejercicio del poder la coherencia no es un atributo ni valorado ni requerido. Sin embargo, lo que resulta irrefutable —e indignante— es reconocer de nuevo a estos reyezuelos en democracia. Verlos con su sonrisa mentirosa y su actuar impune mientras gobiernan con unas leyes que no aplican para ellos