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Podría tratar hoy sobre la pobre riqueza o la rica pobreza de Antioquia, es decir el deprimente informe del Dane sobre la falta de equidad que en el departamento enseña la existencia de poblaciones que siguen viviendo como en los tiempos coloniales, mientras, por contraste, esta región tiene un potencial colectivo de voluntad y espíritu emprendedor que borra el derrotismo y hace pensar con realismo optimista en la capacidad de avanzar hacia la superación de los desequilibrios.
Escribir, también, sobre el triunfo de la pareja colombiana de Cabal y Farah en el torneo tenístico de Wimbledon, el más importante del mundo. Sobre la presencia sobresaliente de ciclistas y patinadores en grandes eventos internacionales. En fin, de las buenas noticias que no dejan ensombrecer el panorama informativo y prueban la presencia de ejemplos reconfortantes de un país que tiene individuos representativos de los mejores valores humanos.
De igual modo, podría hacer referencia a cualquiera de los asuntos políticos de actualidad, como la engañosa simetría entre la extradición del exministro Arias y el misterioso destino del congresista Santrich, o la visita positiva de numerosos alcaldes extranjeros a Medellín. En fin. Pero en el momento de la definición de un tema siempre deja oír su voz una suerte de duende que hace las veces de asesor amistoso, que viene insistiendo en recomendar una cuestión que por sencilla puede no ser la más sobresaliente ni la que mayor atención despierte entre los lectores, aunque responde al afán de decir algo de índole práctica, resultado de la observación diaria y la experiencia.
Ese tema es el del control de la velocidad. Ya en Bogotá se ha fijado el límite de los 50 kilómetros. En España se propone que el máximo sea de 30 kilómetros en áreas urbanas. Es lo más sensato. En Medellín, tanto en la defectuosa y peligrosísima vía de Las Palmas como en todas las demás avenidas y calles, lo obvio, prudente, seguro y razonable sería establecer la misma medida de las ciudades españolas. Esta sería una demostración de que los responsables del complejo y arriesgado asunto de la movilidad y la seguridad en las vías se maneja con sentido común.
Sentido común: Es la clave que por extrañas razones desaparece de la agenda de los administradores de las soluciones ciudadanas y que ayudaría, así mismo, a frenar el uso de la bicicleta al menos mientras se garantice que haya una adecuada red de ciclovías, que los conductores de buses, motos y automóviles respeten a los ciclistas y que esa campaña para andar en los caballitos de acero no sea imprudente y temeraria. Transitar despacio y con prudencia es cuestión de sentido común, que sigue siendo, aunque sea reiterativo, el menos común de los sentidos.