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La crisis estructural que vive el capitalismo se manifiesta cada vez de forma más clara: el aumento de la brecha entre ricos y pobres, el desmantelamiento de los sistemas de seguridad social, el aumento del empleo precario, el cambio climático, las sequías, el hambre y el aumento de la migración. Esta crisis se agudizó de forma dramática con el desequilibrio global producido por la pandemia de coronavirus.
La pandemia mostró de forma siniestra la situación de carencia en que están sumidos los más pobres del mundo y de desprotección de la clase media, como consecuencia de los grandes cambios sociales puestos en marcha por el capitalismo, especialmente en esta época de globalización neoliberal.
El capitalismo desde sus inicios en el siglo XVI se basó en el supuesto de que debe expandirse para existir. Pero las sociedades modernas son además de sociedades de crecimiento, sociedades de externalización, escribió Immanuel Wallerstein. Estos elementos se concretaron en la ocupación constante de nuevas tierras, nuevas poblaciones, nuevos continentes, otras formas de producción y de vida. De este modo, todo ha sido absorbido por la espiral de la acumulación y la creación de riqueza.
Ahora bien, la gran paradoja que ha producido el capitalismo en su expansión infinita es que destruye gradualmente lo que necesita para su reproducción: el trabajo y la naturaleza. Cuanto más exitosamente funciona la acumulación de riquezas, más efectivamente socava la capacidad auto-reproductiva de los recursos sociales y naturales, sin la cual las sociedades capitalistas no pueden sobrevivir.
En este sentido escribe el ecologista Jason Moore, “la presunción determinante del capitalismo es que puede hacer con la naturaleza lo que quiera, que la naturaleza es externa y puede cuantificarse y racionalizarse para servir al crecimiento económico, el desarrollo social o algún otro bien superior” (2015).
El capitalismo -la civilización industrial- extrajo riqueza de la naturaleza, la degradó y la contaminó. Los desechos fueron arrojados por la borda llenando de basura y podredumbre las afueras de las grandes ciudades, bosques, ríos y mares. Como consecuencia millones de especies naturales han desaparecido. “Y ahora, o muy pronto, la naturaleza exigirá su venganza. La catástrofe se acerca. El colapso está en el horizonte”, escribe Moore.
Algunos habían previsto una catástrofe ecológica pero se adelantó una hecatombe sanitaria con terribles consecuencias sociales. Esto permite demostrar que el proyecto capitalista de concentración de la riqueza en unos pocos está en serios problemas. Debemos buscar una alternativa.
Los capitalistas, –liberales, neoliberales o socialdemócratas–, no pueden afirmar que los actuales problemas del mundo son problemas creados por todos, –ricos y pobres, del norte y del sur–, porque en realidad la destrucción de la naturaleza, el trabajo y la sociedad, son obra del capital. La propuesta de un estado social que funcione en el marco estructural del capitalismo es inviable, pues bajo las condiciones de la crisis del trabajo y la naturaleza, no puede haber un simple retorno a las políticas del estado de bienestar. Solo queda mencionar una alternativa: la democratización radical de la economía.