Pico y Placa Medellín
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Dos días antes de mudarse, la casa quedo destruida. Pérdida total.
Veinte años ahorrando cada peso. Veinte años de cuentas apretadas, de postergar vacaciones, de confiar en que “algún día”. La casa estaba lista. El estuco de las paredes aún olía a fresco. Él y su familia ya no querían postergar más ese sueño y alistaron todo para trastearse el siguiente sábado, temprano, al medio día estarían en su hogar. Y entonces, el terremoto. El que se negó a respetar el esfuerzo de toda una vida.
No fue una grieta ni un susto. Fue la ruina completa. Donde había una casa, quedó un montón de escombros. Un sueño reducido a polvo antes de ser vivido. El hombre no fue directo al terreno. Pasó primero por el mercado. Compró botellas de agua. Es lo que había visto que siempre se necesitaba. Luego sí, caminó hasta el lugar donde otros ya lloraban sus propias ruinas y lamentaban las de los demás, quizá como consuelo.
Al verlo llegar, a ese con quien ya estaban familiarizados y le decían “vecino” aún cuando no se había mudado porque lo veían cada fin de semana aportando en la obra, lo miraron con pena, con desconcierto. Algunos lo abrazaron. Otros hablaron de injusticia divina. De mala suerte. De todo aquello que se dice cuando no se sabe qué decir.
Él sacó las botellas de agua y empezó a repartirlos. No lloraba. No explicaba. No se quejaba con nadie. Solo entregaba sus aguas. Uno de los futuros nuevos amigos no pudo contenerse. Le habló con voz de “que cagada hermano”. Le habló desde su lógica recordándole el esfuerzo, los años, el dinero perdido.
El hombre le sonrió suspirando. Le dijo que la casa se había caído en el mejor momento posible. Que era una suerte que hubiera sido ahora y no después, cuando su esposa y sus hijos ya estuvieran dentro. Que sus vidas no las hubiera podido volver a levantar ni con 20 años más de esfuerzos.
La mente es el espacio donde ocurre la verdadera catástrofe o se construye el verdadero refugio. Hay pérdidas que duelen porque son reales. Y hay otras que arrasan porque, además, la mente se empeña en volverlas absolutas y el pensamiento no encuentra dónde apoyarse. Regular una emoción no es negarla. Es impedir que gobierne más de lo que le corresponde. Es entender que el dolor tiene un lugar, pero no es el propietario de la casa. Que puede sentarse en la sala, pero no habitarla.
La vida no te garantiza estabilidad, pero sí ofrece margen para decidir cómo respondes cuando esa estabilidad se rompe. La idea de invulnerabilidad suele ser más peligrosa que la caída misma, porque cuando se desmorona, arrastra consigo la capacidad de pensar con claridad, de salir intacto de aquello que no se pudo evitar.