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Jamás tendría una foto de Antonio, pero sí la imagen de un héroe. Ella fue empujada a su vida por el sueño de ese padre que nunca naufragó.
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
El sueño se ahogó en pesadillas cuando al pequeño cuarto, en la parte baja del barco, se le empezó a filtrar el agua. Era inevitable que se hundiera y con él los indocumentados que se atrevieron a retar a las autoridades y a la furia del mar. No era algo sensato, pero el paso de un huracán alejaba a los vigilantes fronterizos.
Antonio consideró los riesgos si viajaba con su hija de cinco años. Era mejor morir en libertad del mar abierto que en la opresión del régimen en tierra firme. El que lo privó de una esposa y a la niña de una madre. Una mujer de carácter que silenciaron porque nunca aprendió a calla.
Con ellos, en ese sótano del barco, viajaban otros cuyas historias parecían calcadas y difícilmente podría escogerse una más desgarradora que otra. Huían de su país pero no pudieron hacerlo de esas tablas que empezaron a ceder a la fuerza del agua. La única puerta por la que tendrían alguna esperanza de escapar estaba bloqueada por fuera y bajo un container de varias toneladas que la escondía, y que los escondía, como la mercancía ilegal humana que eran para el capitán y los traficantes de ilusiones. Oscuridad, gritos y agua salada. Todo pasó tan rápido que no hubo tiempo ni para la tristeza de dejar este mundo. Antonio alcanzó a ver una luz que titilaba de azul y rojo a través del orificio redondo de la ventana rota por donde apenas cabría su hija. La empujó por allí mientras le exigía que soltara su brazo con gritos que apenas eran escuchados en medio del llanto de la pequeña aterrorizada y envuelta en un flotador que carecía de prueba de funcionamiento, como cualquier ilusión.
25 años después no tenía claro aún por qué le temía al agua. No disfrutó de la piscina en la casa de verano ni encontró fortaleza para subir al yate de sus padres adoptivos. Ellos tampoco. Cuando había cumplido los seis años, les brindó el estatus legal de padres que la vida les había negado. Nunca le escondieron la verdad de su adopción. Ella nunca había querido saberla y se entregó a la idea de haber sido abandonada por sus padres biológicos. Sentía desprecio por lo que creía que le hicieron pero también, se sentía incompleta.
Al caer al agua empujada por Antonio, su padre, la niña no paro de llorar. Siete minutos aproximadamente había tardado el barco en hundirse en su totalidad. 25 más en llegar la guardia costera con su luz titilante de azul y rojo. La niña no entraba en hipotermia, pero el chaleco había pasado la prueba, la mantuvo a flote y fue la única sobreviviente. Fue llevada a puerto seguro y entregada a servicios asistenciales que se encargarían de buscarle hogar, leyó en el reporte del incidente.
Jamás tendría una foto de Antonio, pero sí la imagen de un héroe. Ella fue empujada a su vida por el sueño de ese padre que nunca naufragó.