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La última vez

hace 6 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Enterrar a su esposa fue el mejor regalo que pudo brindarle tras 55 años de matrimonio. Una mañana, como cualquiera de las otras 20 mil que compartieron, mientras la mujer bajaba las escaleras con la intención de preparar el desayuno para su esposo, sufrió un ataque cardíaco. Impulsado por una urgencia desesperada, la levantó con sus propias fuerzas y la trasladó hasta su camioneta.

Condujo hacia el hospital a la velocidad mínima que su desespero podía controlar, ignorando cada semáforo y cada señal de tránsito en su trayecto. Pero la muerte fue más rápida. Al llegar, ya se la había llevado.

Durante el funeral, el hombre permaneció en un silencio absoluto. Su mirada se perdía en el pasado y sus ojos no dejaban escapar las lágrimas que todos esperaban ver. En la noche, los hijos que ya se habían marchado del hogar que los vio crecer, volvieron para acompañarlo. Entre las historias de sus recuerdos felices y la dureza del duelo, el viejo recurrió a la sabiduría del hijo seminarista para preguntarle por consuelo sobre el paradero espiritual de su mamá.

El hombre, aún joven, habló con calma sobre la vida después de la muerte y las posibles realidades que ella podría estar habitando. El padre esperanzado escuchó cada palabra con atención, hasta que se levantó y sin excusarse por la interrupción, dijo que se iba de inmediato al cementerio.

Sus hijos intentaron detenerlo y le recordaron que eran casi las once de la noche, pero de nada sirvió. Con la autoridad que le brindaba la pérdida, les pidió con respeto no contradecirlo. Eran 55 de sus años los que estaban allá enterrados. No hubo argumento contra eso y lo acompañaron. Tampoco lo tuvo el guardia del lugar, quien les facilitó una pequeña linterna al abrirles la reja. El hombre se arrodilló frente a la lápida, sobre aquella tierra que, como el fallecimiento, aún estaba fresca.

Oró con las rodillas húmedas y solo entonces se volteó para hablarle a sus muchachos sobre la vida que fue antes de ellos. Les contó de cambios de trabajo, de trasteos, de crisis, del inicio de nuevos ciclos, el cierre de otros y la alegría de verlos nacer. Recordó las oraciones compartidas en salas de hospital, el perdón constante y el apoyo mutuo frente al dolor físico y emocional.

Con la humildad de quien está entre los muertos, el hombre reveló el motivo de su entereza y su aparente falta de lágrimas. Se sentía agradecido. Su gratitud radicaba en que ella hubiera partido primero, evitándose así el tormento de enterrarlo a él, su compañero, o de enfrentar la soledad de la vejez sin su presencia. Confesó que prefería cargar con el dolor de la ausencia antes que permitir que ella sufriera lo que él estaba sufriendo.

Al terminar, llorando, abrazaron el compromiso inquebrantable de dos personas aún ante las contradicciones del tiempo, que terminó para ella y continuaba para él. Finalmente mamá y papá seguirían existiendo en la esencia de su amor en el mismo espacio, al mismo tiempo, aunque fuera por última vez.

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