Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Él sabía bien qué hora era, que ya era tarde para llamarla... pero demasiado temprano para rendirse. La razón por la que se había ido no era tan fuerte como la discusión que provocó y sintió que su orgullo necio era quien debía abandonarlo, no ella.
Estaba sentado en el borde del sofá, mirando sobre la mesa de centro su celular. Esperando que la pantalla se iluminara con un mensaje de su esposa, que la vibración sobre la madera rompiera ese momento en que se sentía huérfano y equivocado de vida, de lugar, de planeta. No había nada que prometer, solo asumir.
—Quiero que regreses conmigo—le dijo cuando se decidió a llamarla con un susurro quebrantado y sin rodeos mientras cerraba sus ojos y los apretaba con fuerza, intentando no sonar desesperado, aunque vencer su orgullo no le dio ni tiempo para saludarla. Hubo silencio del otro lado. Sintió que toda la inmensidad del tiempo del universo cabía en esos escasos segundos que ella se tomó para responderle.
—¿Tienes un vaso a la mano?—le preguntó con el tono pausado que el dolor profundo usa para tratar de hacerse entender. No tuvo tiempo para saludarlo, porque el tiempo sin él a su lado, decidió que no existía.
—No... ¿por qué?
—Necesito que vayas a la cocina y cojas uno.
—Claro— afirmó y así lo hizo.
—Ahora tíralo duro, con fuerza contra el suelo— y antes de escuchar el tremendo escándalo, ya sin avergonzarse de las lágrimas que trato de disimular al contestar, le dijo —Así estoy yo... si puedes volver a dejar ese vaso como nuevo, volveré contigo—.
El sonido no pudo ser más agudo. Casi como el de la campana del altar el día de su boda, y que aún resonaba fresca en sus memorias.
—Amor, el vaso que tiré era de metal. No se rompió. No tenemos de otros.
—Lo sé, ven por mí antes de que amanezca— le dijo.
Muchas veces lo que de verdad destruye no son las diferencias ni las discusiones. Es lo que viene después. El silencio, el orgullo disfrazado de dignidad, la espera absurda de que sea el otro quien dé el primer paso. En esos casos el amor no fracasa por falta de sentimientos, sino por exceso de maniobras emocionales para eludir una verdad justa.
Maniobras que miden todo. Quién cedió más, quién habló primero, quién cometió el error más grande... como si amar fuera una competencia de ego y no un acto de coraje. No hay que olvidar que el rencor exige muy poco. Solo pide quedarse quieto. Sanar pide valentía, humildad y fe, para creer que, incluso después del golpe, aún se puede y no todo lo que en ocasiones dejamos caer se rompe.