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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Hasta que recibió un mensaje de respuesta, la joven escribió al celular de su padre durante cuatro años. Cada día, sin falta. El ritual lo inició a los 19. Le contó que se graduaba finalmente de la universidad, le confesó su miedo por el diagnóstico de cáncer, le compartió la inmensa alegría cuando lo venció. Le habló de sus amores y desamores. De sus primeras veces en tantas cosas y sus últimas en tantas otras.
Él la llamó “mi pequeño ángel” cuando finalmente se decidió a responder. Reconoció que había recibido cada uno de los mensajes. Que los esperaba cada mañana y cada noche. Leyéndolos y escuchándolos la había visto crecer y superar situaciones que lo llenaban de un inmenso orgullo. Le escribió también que aunque lo pensaba a diario, nunca se atrevió a responderle antes porque temía romperle el corazón a una mujer tan extraordinaria.
Cuando finalmente recibió esas palabras, ella vivía un momento particularmente sensible porque al día siguiente se cumplían cuatro años desde que decidió escribirle sin falta y sin esperar respuestas. Le resumía y recordaba gran parte de esa vida que le había contado y le pedía perdón por no haber estado cuando él más la necesitaba y le prometió que algún día lo acompañaría de alguna forma a ver ese partido que quedó pendiente. También le reconoció que le asustaba el matrimonio porque tendría que caminar por ese largo pasillo sola y él no estaría para decirle que todo estaría bien.
Para él, como se lo explicó, cada uno de los mensajes que recibía era un mensaje de Dios que lo mantenía con vida. Que su deseo fue siempre que su hija se convirtiera en la mujer que era ella, pero que el destino se la había arrebatado en un accidente de tráfico años antes de su primer mensaje. Le dijo que no era su padre y lamentaba que hubiera perdido a alguien tan cercano e importante.
–Hola papá, soy yo. ¡Mañana va a ser otro día difícil! Han pasado 4 años desde que te perdí y no pasa un día sin que te extrañe– le había escrito ella como saludo en el mensaje a ese número al que nunca llamó y del que no había recibido una respuesta, la cual al recibirla terminaba con un –Cuídate y espero tus actualizaciones mañana–.