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Ella sonrió cuando esa líder le dijo “gracias por tantos años de trabajo”. Esa misma a la que apoyó años atrás como codeudora en un préstamo para cursar su maestría y verla llegar con ella bajo el brazo para despedirla.
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Claro que la noticia la sorprendió pero no le quitó la sonrisa de la cara. Aunque no era la misma que la caracterizaba y le había ayudado a ganarse el cariño de tantas personas en ese trabajo en el que llevaba ya veinte años. Esa sonrisa fue una que le dedicó a lo irónica que muchas veces es la vida. Lamentó que la maestría tuviera que ver cada vez menos con la experiencia y más con la plata y las relaciones sociales.
El tiempo en la empresa ya no era suma sino resta. Dejó de contar los años que había pasado allí y empezó a restar semanas a lo que le faltaba para cumplir las obligatorias para pensionarse. Varios jefes vio llegar con su liderazgo bajo el brazo y las promesas de resultados que tanto gustan a quienes los eligen por sus tácticas, estrategias e interpretaciones de lo que era mejor. También vio ser barridas todas esas intenciones por la inclemencia de los resultados. Pero eso no era lo peor, el mal estaba en la esencia y no el cuerpo.
Todos aquellos a quienes vio partir con su liderazgo bajo el brazo, solo eran recicladores de promesas, tácticas y estrategias. Siempre fueron más de lo mismo. Ella se mantuvo porque era una de las mejores en lo que hacia y porque no dejaba de prepararse, pero su mayor ambición no le permitió asumir nunca el mando. Con un salario estable con el que cubría cómodamente sus convicciones, a lo que más aspiraba era a tener tiempo con sus hijos. Verlos crecer. Estar ahí para recibirlos al llegar del colegio. Caminar sin afanes por el parque o el centro comercial con ellos. Todas esas cosas que se sacrifican por salarios mas jugosos que pueden secar el alma.
Así había llevado su vida profesional. Llena de oportunidades y propuestas de recibir un mayor pago por privar a los niños de su presencia y las cuales nunca aceptó. Antes de asegurarles un futuro incierto, se encargó de ofrecerles el lujo de contar con ella en el presente. Hacerlo era el mayor lujo para ella, que también veía en el apoyar a alguien una de las mejores retribuciones que podría brindarle en la vida.
Aun le faltaban varias hojas por arrancar del calendario, coronar la pensión y sumar varios años de educación de sus adolescentes. A la nueva jefa la conocía bien. Recientemente ascendida, considerablemente más joven y sin hijos, llegó a un cargo inferior pero con ambición y escaló rápidamente ofreciendo tácticas y estrategias de las que esa madre no era parte. Ella sonrió cuando esa líder le dijo “gracias por tantos años de trabajo”. Esa misma a la que apoyó pocos años atrás como codeudora en un préstamo para cursar su maestría y verla llegar con ella bajo el brazo para despedirla.