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Columnistas | PUBLICADO EL 15 septiembre 2022

Leer para salvarse

Estuve tan ocupada leyendo que los fantasmas se cansaron de esperarme y se marcharon. El diablo se fue a buscar otro cuerpo para poseer y Dios corrió a llamar a otra persona que manifestara menos interés en las letras.

Yo alguna vez creí en fantasmas, odié las matemáticas, pensé que el colegio era una tortura y estuve convencida de que iba a sufrir una posesión diabólica. Alguna vez me sentí sola, no tuve amigos, temí recibir el llamado del que tanto hablaban las monjas y me acostaba rogándole a Dios que no me llamara. No a mí. Alguna vez sufrí de insomnio e hice un inventario de cada ruido de la casa para adjudicarle su respectivo monstruo. Pasé noches enteras sentada porque el asma me impedía ponerme en posición horizontal. Vivía en un mundo inexplicable, me sentía sola, mis pequeños problemas no tenían solución y pensaba que nadie podría salvarme. Y entonces salimos a vacaciones largas y llegó a la finca una caja llena de libros. Resulta que una amiga de la mamá era bibliotecaria y se le ocurrió que una manera de entretener a cinco niños ociosos era a punta de historias.

Estuve tan ocupada leyendo que los fantasmas se cansaron de esperarme y se marcharon. El diablo se fue a buscar otro cuerpo para poseer y Dios corrió a llamar a otra persona que manifestara más interés en él y menos en las letras. Quién necesita amigos si puede tener un libro en las manos. Las noches largas se volvieron cortas para alcanzar a evacuar la historia de turno. Ya no rezaba para que amaneciera rápido, sino para que no amaneciera nunca. El colegio y las matemáticas seguían siendo una tortura, pero en los libros descubrí que era normal. El asma pasó de ser una enfermedad a una bendición, pues me permitía quedarme días enteros sentada leyendo. La noche en que terminé el último libro de la caja, los fantasmas se asomaron por mi ventana. De suerte, la mamá se dio cuenta y al otro día su amiga mandó una caja el doble de grande.

Leyendo comprendí cosas que, de otra manera, nadie me habría explicado. Leyendo me di cuenta de que podía decidir en qué creer y en qué no. Leyendo aprendí a pensar por mí misma, a cuestionar, a no tragar entero. Viajé lejos sin necesidad de maleta. Conocí a un montón de personajes. Viví más vidas de las que alguna vez imaginé. Entendí que antes de juzgar conviene ponerse en los zapatos del otro. Me puse muchos zapatos y también anduve descalza. Leyendo me sentí acompañada cuando la tragedia tocó a mi familia. Entendí que mientras haya historias, hay ganas de leer, y mientras haya ganas de leer, hay ganas de vivir. Leyendo supe que quería escribir. Todo lo bueno que rodea mi existencia hoy en día se lo debo a los libros y, por eso, no me alcanzan las palabras para agradecer a quienes hacen posible su existencia.

Gracias a los bibliotecarios, los libreros, los promotores de lectura y los editores. Gracias a las ferias del libro y los festivales literarios. Gracias a todo aquel que puso un libro en las manos correctas y sembró una semilla que luego fue un árbol. Gracias a ti, Marta Luz, porque sin saberlo plantaste un bosque entero 

Sara Jaramillo Klinkert

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