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Columnistas | PUBLICADO EL 27 noviembre 2022

La lavadora de José

José llegó a Colombia en una misión de la Dea para desmantelar las redes de lavado de dinero de las mafias y aprendió el oficio con tal pericia que logró sustraer millones de dólares para él y sus socios.

Por Juan José Hoyos - redaccion@elcolombiano.com.co

José tenía una lavadora que todos envidiaban. Parecía mágica, como las alfombras voladoras de los cuentos de las Mil y una noches. Lavaba y lavaba sin parar, año tras año, sin averiarse. Durante 10 años, lavó – no ropa, porque no era una lavadora doméstica – sino miles de millones de dólares de los carteles colombianos del narcotráfico.

José Ismael Irizarry es el nombre completo del dueño. Nació en Puerto Rico y tiene 48 años. En una entrevista con la agencia de noticias Associated Press, llorando a veces, José aceptó que es “el agente más corrupto en la historia de la DEA”.

Esa agencia antinarcóticos de Estados Unidos envió a José a Colombia en una misión para desmantelar las redes de lavado de dinero de las mafias. Pero después de vivir en Cartagena, José aprendió el oficio de “lavar” con tal pericia que logró sustraer para él y sus socios millones de dólares de los fondos secretos de la Dea, los llamados “fondos de comisiones”. Para lograrlo, presentaba informes falsos y ordenaba a la misma Dea transferir dinero destinado a operaciones encubiertas a cuentas internacionales que él y su banda controlaban.

Con ese dinero, se dio “la gran vida”, durante 10 años. Compró una casa en Cartagena avaluada en unos 3.800 millones de pesos; tenía varios autos deportivos de lujo; le regaló a su esposa colombiana anillos de diamantes Tiffany de 30,000 dólares; viajaba en primera clase a Europa; usaba un reloj Hublot de oro. Hace dos años, cuando fue detenido, José se declaró culpable de 19 cargos de corrupción, incluidos lavado de dinero y fraude bancario. Hoy enfrenta una condena a prisión de 12 años.

“Fue una década de viajes de lujo al extranjero, cenas elegantes, asientos de primera clase en eventos deportivos y libertinaje” dijo José a los periodistas de la Ap. “Eso incluyó paradas en el camino en las salas Vip de los locales de striptease del Caribe, el barrio rojo de Ámsterdam, y a bordo de un yate colombiano que zarpó con mucho alcohol y más de una docena de prostitutas”.

La Dea investiga a los que sospecha son sus socios más cercanos: el exagente George Zoumberos, quien disfrutaba de acceso ilimitado a los llamados fondos de comisiones y también malversaba ese dinero en compras personales y viajes injustificados; su hermano, un fotógrafo de bodas de Florida que viajaba por todo el mundo a fiestas, con agentes de la Dea; y un contrabandista colombiano llamado Diego Marín –conocido en el bajo mundo como Papá Pitufo–. Según José, él fue su principal maestro y hoy es padrino de su hijo. La Dea lo vinculó en 1993 a una investigación sobre el blanqueo de capitales del Cartel de Cali. En Colombia, los investigadores de la Policía y del Servicio de Control de Aduanas dicen que él es el “Rey del contrabando”.

“Teníamos libre acceso para hacer lo que quisiéramos”, dijo José Irizarry. “Generábamos retiros de dinero en los lugares a los que queríamos ir. Y una vez que llegábamos allí, se trataba de beber y... chicas”. En las fiestas participaban abogados y fiscales estadounidenses, informantes, agentes de la Dea y hasta mafiosos colombianos.

La caída de José fue repentina: fue traicionado por uno de sus amigos más cercanos, un informante venezolano-estadounidense que también confesó haber desviado fondos de las operaciones encubiertas.

José explicó su comportamiento ante los periodistas diciendo: “No se puede ganar una guerra imposible de ganar como la guerra contra las drogas. La Dea lo sabe y los agentes lo saben... ¡Hay tanta droga saliendo de Colombia! ¡Y hay tanto dinero!”

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