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Una ‘Patria Milagro’ es un proyecto frágil si el país no entiende el milagro que la produce.
Por Juan Mario Giraldo - @juanmgiraldor
Así como esquivar una bala no es sinónimo de estar sano, que hayamos esquivado un precipicio político no implica que Colombia se encuentre bien de ideas. Todo lo contrario: la mitad de nuestros votantes no teme al comunismo y el propio Álvaro Uribe considera que un heterodiverso progresista es buena idea en un tarjetón presidencial de la derecha. «Una idea llega a su mayor éxito cuando sus detractores la adoptan» celebró León Valencia en “Una negra, una indígena y un gay” su artículo sobre el avance cultural del colectivismo, que recomiendo leer.
La victoria de Abelardo es un respiro momentáneo para la democracia liberal, pero está lejos de ser una victoria definitiva. A diferencia de lo que piensan los plomeros estatales no importa qué tan buenos resultados produzca un gobierno, si no existe un proceso cultural que acompañe el enriquecimiento material, los países terminan por suicidarse. Sucede porque solo la riqueza puede producir desigualdad y la falta de comprensión sobre este fenómeno abre oportunidades de arbitraje para políticos sin escrúpulos. El ejemplo perfecto es Chile: las reformas de los años 70 crearon el milagro latinoamericano del siglo XX, pero se hicieron sin que la población comprendiera de antemano la relación insospechada que hay entre libertad y prosperidad. Hoy, medio siglo después, los herederos de ese milagro están más confundidos que nosotros discutiendo constituciones chavistas solo que con el doble de PIB per cápita, empanadas y vino tinto. Es decir, una “Patria Milagro” es un proyecto frágil si el país no entiende el milagro que la produce.
Como agravante, tratamos nuestros niveles de libertad como si hubieran brotado de una convicción nacional madurada internamente. Como si el “Bienvenidos al futuro” de Gaviria y su posterior conexión al mundo fueran el orgullo nacional que nos diferencia de Ecuador, Perú o Venezuela. Lo cierto es que esas reformas de apertura no fueron mérito propio; se trataron más de un asunto regional propiciado por el Consenso de Washington y el viento de cola del desplome del andamiaje Soviético. Momento de felicidad mundial conocido como “El fin de la historia” y que la izquierda bautizó, de forma plañidera, “El mundo unipolar”. El lector atento ya habrá notado lo que esto implica: como dirían los programadores tenemos deuda técnica en las ideas y no merecemos los niveles de libertad que actualmente disfrutamos. Como en todo proceso regido por las frías e inexorables leyes de la estadística, tarde o temprano se produce una regresión a la media.
Si Colombia desea conservar los espacios de libertad que todavía posee, deberá hacer algo más difícil que tener “buenos gobiernos” y “buenos candidatos”. Tendrá que reconocer la importancia de las ideas en la política, comprender que la sutil relación entre libertad y prosperidad es el milagro que importa antes de que la libertad misma sea asfixiada por los excesos del estatismo. La batalla más importante de nuestras vidas no es electoral ni política, sino prepolítica. Una batalla intelectual y solitaria que sostiene todo lo demás y que, como diría Lord Acton, ha sido siempre un triunfo de minorías.