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Al mandato divino del amor al prójimo no es prerrequisito ponerle un tinte religioso. Tampoco es solamente un concepto vacío o una idea bonita. El mismo Jesús, quien lo instituyó, lo precisa en detalles muy concretos y bastante terrenales: Darle de comer al hambriento, darle de beber al sediento, acoger al que no tiene albergue, vestir al que está desnudo y visitar a los que enfermos y a los presos.
¡¿Ayudar al que está en la cárcel?! ¡¿Visitarlo?! ¡¿Tener misericordia con quien alguna vez la perdió con sus semejantes?! Pues sí. Y lo digo así, con “doble militancia”, sin distinguir si está allí pagando en justicia sus delitos, como consecuencia de una equivocación no premeditada, un mal momento o por una injusticia, que los hay bastantes.
El señor Germán Suárez Escudero visita cada Jueves Santo la cárcel de Bellavista, que de bella solo tiene un pedacito del nombre, para darles compañía, servirles quizá la única comida deliciosa en todo el año, y entregarles algunos objetos de uso personal a quienes no solo han perdido la libertad, la familia y el trabajo sino también la salud. La celebración del próximo jueves 18 de abril, la Cena número 48, consecutiva desde 1972, está destinada a llevar un mensaje de amor y una voz de aliento a los presos. “Se trata de festejar, con derroche de esmero y pulcritud, el momento bíblico que representa, centrado en un apetitoso almuerzo, complementado con vino, manzanas, galletas y pasteles”, dice.
¿Cómo sumarnos? Sencillo: Con pequeñas donaciones de papel higiénico, jabón de baño, detergente para ropa, cepillos y crema de dientes, máquinas de afeitar y otras menudencias que pueden incluir medias, calzoncillos y camisetas. Más que aquello para lo que sirven, el mensaje que llevan implícito es más fuerte que los barrotes de las celdas: A alguien, allá afuera, les importan los presos. Alguien, allá afuera, se acordó de ellos. Alguien, allá afuera, comparte un poquito de lo que tiene con los que no tienen nada más que tiempo inútil, encierro y olvido por parte de la sociedad y del Estado. Para los reclusos, apretujados donde no cabe un arroz parado, donde huele a encierro, donde las paredes no ven una mano de pintura desde tiempos ha y donde la soledad hace metástasis, esta representación de la Última Cena es el símbolo del amor, de la compasión y del servicio a los demás.
En un mundo tan hostil, egoísta e indolente, este acto de entrega y generosidad sin que importe saber quién es quién ni por qué está preso, se me hace un monumento a la bondad. De ella resultarán beneficiados los reclusos que ese día se encuentren en los pabellones Enfermería, Psiquiatría, Tuberculosos y Adulto Mayor. Lastimosamente el esfuerzo, aunque es muy grande, no alcanza para todos.
Esta columna pretende inspirar una reflexión sobre esa parte de la realidad que muchos ignoramos, pero también es una invitación a quienes quieran apoyar con donaciones. Para ello pueden contactar a Germán Suárez Escudero, responsable de la iniciativa, en el teléfono (4) 235 58 28.
Unos pocos objetos de uso personal para muchos son como arrancarle un pelo al gato, pero para otros son la idea más cercana a la felicidad y el bienestar, sobre todo en un lugar donde, dice la sabiduría popular, es muy fácil entrar pero muy difícil salir.