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Negar la inminencia de un apagón no lo hace desaparecer; por el contrario, garantiza que nos encuentre desarmados.
Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co
Por estos días, el país escucha con creciente preocupación palabras que hasta hace poco parecían lejanas: restricciones, racionamiento y apagón. Lo más inquietante no es que Colombia enfrente hoy una coyuntura eléctrica compleja, sino descubrir que la crisis pudo haberse anticipado y mitigado mediante una previsión rigurosa.
Los gremios y la academia han señalado que los planes de expansión energética presentan vacíos metodológicos y conceptuales porque incorporan de manera insuficiente las alertas climáticas y operativas. En otras palabras, el país proyectó su futuro bajo condiciones favorables, ignorando escenarios como un fenómeno de El Niño prolongado, retrasos en obras estratégicas, escasez de combustibles, el crecimiento acelerado de la demanda o la ocurrencia simultánea de eventos capaces de poner a prueba la resiliencia del sistema.
¿Colombia diseñó su matriz eléctrica para garantizar seguridad o para cumplir con metas promedio? El promedio tranquiliza al funcionario porque reduce la incertidumbre a una cifra manejable; la red, en cambio, responde a la realidad cotidiana. Si las sequías se prolongan o los proyectos estratégicos se retrasan, el cálculo que parecía prudente termina convertido en excusa.
La planeación energética no consiste en prepararse para la normalidad; su verdadera razón de ser es anticipar lo extraordinario. Un sistema robusto es aquel capaz de responder cuando las condiciones dejan de ser ideales. Si los modelos excluyen las amenazas extremas, el resultado inevitable es una falsa sensación de seguridad.
Los colapsos energéticos rara vez son repentinos. Son, más bien, el resultado de años de señales ignoradas, advertencias minimizadas y decisiones aplazadas. Las fallas no surgen cuando se anuncia el corte de luz, sino cuando las autoridades dejan de incorporar los factores de riesgo en sus modelos.
Diversos analistas advirtieron, además, la urgencia de contar con un respaldo real para sostener la operación en momentos críticos. Sin embargo, la administración Petro interpretó esas observaciones desde la sospecha política, como si cada alerta técnica ocultara una defensa gremial o una maniobra de oposición.
Allí emerge la soberbia burocrática de un aparato estatal convencido de que sus dogmas tienen más autoridad que los hechos. Una estrategia de expansión debería incomodar al poder, obligarlo a revisar sus cronogramas y moderar sus entusiasmos. Si el documento oficial supera ese examen sin modificaciones, quizá no esté diseñando el futuro, sino blindando el relato del presente.
Lo ocurrido debe convertirse en un urgente llamado de atención. Colombia necesita recuperar una cultura de visión a largo plazo. Un país serio construye reservas, diversifica sus fuentes, fortalece la confiabilidad y diseña planes de contingencia para las crisis, no para la comodidad.
Negar la inminencia de un apagón no lo hace desaparecer; por el contrario, garantiza que nos encuentre desarmados. Las grandes encrucijadas nacionales casi siempre comparten el mismo origen: no nacieron por falta de advertencias, sino por la decisión política de ignorarlas. La pregunta que hoy debemos responder es simple: ¿aprenderemos de las señales o esperaremos a que la oscuridad nos obligue a hacerlo?