Pico y Placa Medellín
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Por Juan Manuel Cifuentes Hernández - opinión@elcolombiano.com.co
Hay coincidencias que uno no escoge, pero que termina sintiendo como un regalo. El 11 de agosto de 1813 Antioquia proclamó su independencia. Yo nací un 11 de agosto de 2007. Dos siglos de diferencia. El mismo agosto. El mismo orgullo. Desde hace años me hago una pregunta que nunca termino de responder: ¿qué significa realmente ser antioqueño?
¿Será el acento que se nos sale hasta cuando hablamos despacio? ¿Será la malicia para enfrentar la vida, la verraquera para levantarse después de una caída o esa facilidad casi inexplicable para convertir una idea en un proyecto?
Cada agosto esas preguntas regresan. Es el mes de la Feria de las Flores, de los silleteros y de Medellín vestida de colores. Me gusta celebrar mi antioqueñidad sin pena. Compartir un aguardiente con los amigos. Pero, sobre todo, me gusta volver a la finca. Oír a los mayores repetir las mismas historias, esas que uno conoce de memoria, pero que nunca se cansa de escuchar porque allí también vive la memoria de una familia.
Si volviera a nacer y pudiera escoger, volvería a escoger Antioquia. Aquí están mis raíces. Aquí aprendí que las costumbres sencillas también construyen identidad: desayunar arepa con café, saludar con un “¿qué más pues?”, irse para el pueblo cada que se pueda, reunirse alrededor de una mesa llena de comida, de risas y de historias.
Pero ser antioqueño no puede reducirse al sombrero, al poncho o al aguardiente. Tampoco al acento.
Ser antioqueño es una forma de entender la vida. Es trabajar sin esperar que las oportunidades lleguen solas. Es no rajarse cuando aparecen las dificultades. Es seguir adelante con esa mezcla de terquedad, esperanza y disciplina que ha caracterizado a tantas generaciones de paisas.
En un momento en el que el regionalismo suele confundirse con arrogancia, vale la pena recordar que el verdadero orgullo no consiste en creer que somos mejores que los demás. Consiste en conocer de dónde venimos y en procurar que nuestras acciones honren esa historia.
Por eso creo que la antioqueñidad no está únicamente en las flores, en las fondas o en las fiestas de agosto. Está en escuchar a la abuela cuando cuenta cómo era el pueblo hace cincuenta años. Está en conservar el saludo amable, en recibir al visitante como si fuera de la familia y en enseñarles a los más jóvenes que la cultura no se hereda por obligación, sino por cariño.
Quizás nunca encuentre una definición perfecta de lo que significa ser antioqueño. Tal vez no exista. Pero sí tengo una certeza: uno nunca deja de pertenecer al lugar que le enseñó a hablar, a soñar y a querer.
Comparto con esta tierra algo más que una fecha: comparto una manera de mirar la vida. Y mientras siga sintiendo que las montañas me llaman de regreso, entenderé que ser antioqueño no es solo haber nacido aquí. Es llevar a Antioquia en el corazón, incluso cuando el camino nos lleve lejos de ella.