Pico y Placa Medellín
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Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
Ingenuidad, exceso de confianza o estulticia son tres condiciones afines a la pérdida de sindéresis o del simple sentido común, asociadas a la política en un país del que formamos parte. En estos días difíciles de cercanía electoral sí que se alborotan esas formas de pensar y actuar, sí que se vuelve tolerable lo intolerable, perdonable lo imperdonable, hasta el extremo de acoger con generosidad a los más amenazantes rivales de ayer y excluir a los que hasta la víspera habían sido leales aliados. Hasta en torno a la mesa del comedor se proscribe a los más dignos de llamarse próximos y se les da la bienvenida a los nuevos pero discutibles amigos. Esas amistades advenedizas suelen dividir, perturbar, indisponer y afectar los mejores proyectos, sean familiares, económicos, culturales o políticos. A las personas no gratas no hay por qué sentarlas en primera fila y mandar para atrás a los colegas, compañeros y amigos comprobados y de vieja data, que siempre han dado testimonio de lealtad y compañía intachable.
Con la ingenua lista de los nuevos, inesperados y hasta sospechosos amigos recién llegados suelen inferirse daños serios a las agrupaciones, corporaciones, cofradías o instituciones. Debería ser suficiente con demostrar buena fe y magnanimidad con las nuevas amistades, pero guardados los límites razonables. Las personas no gratas deben seguir siéndolo, así se les tenga una consideración respetuosa. Pero no hasta el extremo de hacer claudicaciones, por ejemplo en instituciones educativas, en las que de la noche a la mañana se olvidan principios fundacionales, tradiciones que han marcado sellos de identidad irrenunciables y, más todavía, derechos históricos de los que siempre han actuado en los lugares que ocupan por edad, dignidad y gobierno.
Por ejemplo, hay universidades que, sean cuales fueren su orientación filosófica e ideológica, su modo de ser consuetudinario, su espíritu y el porqué de su presencia institucional, gústennos o no, se reservan el privilegio de calificar a las personas gratas y las no gratas. Así en el ordenamiento jurídico y el contexto ético se profesen la tolerancia y el respeto a las diferencias, todo aquel que merezca el título de persona no grata está llamado a que se le proscriba por razones obvias y obligatorias. Si la persona no grata es en determinadas circunstancias un convicto, un delincuente aunque lo cobije por ejemplo un acuerdo de paz o una ley de perdón y olvido, etc., seguirá portando el sambenito justo que la inhibe para invocar los mismos títulos y derechos políticos del ciudadano libre de culpa y digno de credibilidad y prestigio.
Ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre, antiguo proverbio aplicable a las corporaciones o a las personas que, por estulticia, exceso de confianza o insensatez, no usufructúan el derecho a aplicarles una sanción social a las personas no gratas, como si para acreditarse como libres y tolerantes tuvieran que rechazar la autonomía y borrar su tradición y sus principios fundamentales por acomodarse a las apariencia de la temporada electoral.