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La distopía universitaria

hace 6 horas
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  • La distopía universitaria

Por Juan José García Posada - Asasdasd@asdasdasdasd

La institución universitaria como realidad posible anuncia un universo distópico. Representa lo contrario de la utopía. Reúne los momentos y escenarios indeseables, negativos, caóticos. Un futurólogo sensato no alcanzaría a reunir elementos conceptuales suficientes para elaborar pronósticos positivos y esperanzadores, sino todo lo contrario. Los vaticinios de los años recientes apuntan a idear la extinción de la universidad como se inventó ochocientos años atrás. Los principios originarios se han diluido en discusiones y conflictos degradados por el peso de las ideologías y los intereses políticos y económicos. Pero la universidad se mantiene ahí, confusa, desnaturalizada y en riesgo muy alto de extinción por sustracción de materia y difuminación de su razón de ser esencial. ¿En qué se transformará si no desaparece? ¿En qué va a reinventarse si no desaparece?

Hace medio siglo se defendían a capa y espada valores y principios irrenunciables. Así, por ejemplo, no se aceptaban siquiera mínimas concesiones en materia de autonomía. Cualquier intento de violación causaba tremendas protestas que unían todos los estamentos. No lo olvidamos los que estudiábamos en la de Antioquia. Hoy, la palabra y la idea están desgastadas. Desde el poder central se hacen maromas para cambiar rectores, instalar auditores, condicionar apoyos financieros, poner delegados gubernamentales para desgastar consejos superiores y directivos, etc. Condiscípulos y coetáneos lúcidos, irreductibles, frenteros y admirados por una dialéctica y una capacidad espectacular de oratoria lideraban asambleas y grupos de reflexión y acción, pugnaces pero unidos en torno a lo primordial. Había cuestiones que no admitían claudicaciones. Hoy en día uno ya no atina a calificar o descalificar errores ni aciertos. La confusión es inhibitoria.

Hasta en ridículo puede quedar ahora aquel que cite definiciones sapientes como las de todos los que pensaron en el pasado la institución universitaria, desde David Henry Newman hasta Ortega y Gasset y Karl Jaspers y etc. Hasta darían risa los que hablan de corporación pluralista, de interdisciplinariedad, de comunidad de cultura y de intelectuales, de motor de la historia y todo lo demás. Pueden tener más éxito los que predican que la universidad es un negocio y sus clientes son los alumnos, una fábrica de cartones, el lugar al que nadie va a trabajar cuando juega la Selección, una fábrica de parados, en fin, lo peor, para no caer en el insulto como se lee en un artículo de la página sobre la Universidad Colombiana.

Tiene que llegar la hora de la reinvención de la universidad, como ha sucedido cada cincuenta o sesenta años, con éxito relativo. La vez anterior fue en días de la conflictiva reforma del 36. Hasta ahora, ninguno de los candidatos presidenciales ha tenido el poder de convocación a semejante empresa. Casi todos hablan de educación, pero sin aterrizar ni anunciar un gran proyecto que disipe la neblina de la distopía y al menos alcance a bocetear una nueva utopía o algo que se le parezca, replantee principios fundamentales y nos ponga a soñar con una u otra institución universitaria realizable.

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