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Todas las formas de lucha juntas

hace 1 hora
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Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

No sé si a ustedes les pasa, pero desde el 21 de junio, pienso en la forma tan rara como Iván Cepeda le recortó la distancia a Abelardo de la Espriella. Recuerden esas horas del domingo. Lo que arrancó como ventaja para Abelardo se estrechó, sobre todo en territorios alejados. Al final, una diferencia de menos de un punto: 250 mil votos, la elección presidencial más reñida en la historia de Colombia. Lo esencial quedó intacto: ganó Abelardo de la Espriella. Un mensaje claro de cambio frente a un gobierno que prefirió minar la confianza de un país que no merecía lo que le hicieron.

Volvamos al cierre de esa brecha, porque deja dudas sobre cómo lo logró la campaña de Cepeda, en la que quedaron plasmadas todas las formas de lucha. Ahí estuvo el resultado de un gobierno que buscó influir, sin pudor, en la decisión de los electores: contratos temporales en el sector público desbordados, recursos repartidos en juntas de acción comunal, lluvia de subsidios y gasto estatal indiscriminado. Estuvo la cooptación de los medios estatales convertidos en propaganda, sumada al dinero entregado a influencers y pseudoperiodistas —con vacíos éticos— para inundar las redes de mensajes de miedo, donde todos los que votaron por De la Espriella eran mafiosos, paracos y lacayos de Trump.

Ahí estuvo la connivencia con los grupos armados, a los que se les permitió constreñir el voto. El representante Andrés Forero lo denunció con los formularios E-14: más de 400 mesas donde el 100% de los votos fue para Cepeda. Nadie votó en blanco, nadie se equivocó, nadie marcó por Abelardo. ¿De dónde salieron esos votos? De Tumaco, Cauca, Nariño, Chocó, donde los ilegales hacen y deshacen y donde la participación creció el doble que en el resto del país. Ummm... sospechoso. Y, lo peor, ahí estuvo la forma impúdica como el presidente Gustavo Petro hizo campaña, por fuera de cualquier consideración constitucional.

Una semana más así y ganan las elecciones. Al final, la izquierda demostró su necesidad adictiva de poder. Se creyeron en estos cuatro años dueños del país y se hicieron a la idea de que se perpetuarían, bajo un modelo del que ya conocemos su perversidad. La confirmación fue el comportamiento errático de Petro, empeñado en desvirtuar el proceso e incitar a sus seguidores a creer que les robaron las elecciones, desconociendo a las instituciones. Un gusto dictatorial sobre el que tuvo que recular, en tono agónico. Basta leer el trino alucinante y psicodélico donde, a regañadientes, anuncia su retirada y el empalme. Léanlo: escritura hilarante, burda y perturbadora.

La democracia colombiana le dio a este gobierno de izquierda la oportunidad de demostrar lo que tanto predica, sin importar que hubieran prendido el país durante el estallido social. Lo que mostró fue incapacidad. La democracia soportó cuatro años de presiones y ataques. Hasta que millones de colombianos salieron a rescatarla con decisión soberana e irrefutable: cambiar de gobierno y evitar la continuidad tóxica que representaba Cepeda. Viene un nuevo gobierno, y la regla debe ser servir al país, porque las necesidades se resuelven haciendo bien las cosas, no refundando la nación ni instaurando una falsa democracia amañada a medida. Aunque jamás aceptarán que entre esas tareas está resolver los problemas en los que nos metieron.

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