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Al servicio de la explosión

05 de agosto de 2025
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  • Al servicio de la explosión

Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

Si algo tiene la política es la capacidad de construir narrativas a su amaño, haciendo que la carga subjetiva del relato político envuelva en artilugios calificativos la necesidad de controlar desde el poder. Ese es el juego propagandístico.

Cosa contraria debe pasar en el ejercicio jurídico. Sin importar si es en el ámbito penal, civil o administrativo, los actos del poder judicial deben ceñirse a hechos fácticos que permitan juicios imparciales. Las pruebas, las evidencias y los hechos determina la verdad y conducen a la frase culminante: “se ha hecho justicia”.

Basta con recordar la figura de Temis, la diosa griega de la justicia, que simboliza el equilibrio y la imparcialidad. Con sus ojos vendados y la balanza en mano, Temis representa la necesidad de analizar cuidadosamente las pruebas y ponderar cada argumento para tener criterio de juicio. Su figura recuerda que la justicia verdadera no se guía por prejuicios, sino por la búsqueda de decisiones justas y conformes al derecho.

Hablemos, entonces, del caso penal contra el expresidente Alvaro Uribe Vélez y su condena en primera instancia a 12 años de cárcel. Soy de los que considera que la juez Sandra Heredia mezcló su vocación de justicia (como la de un médico cuando hace el juramento hipocrático) con la carga ideológica que la política de hoy ha instaurado en Colombia y presiona sin piedad a personas e instituciones.

El fallo de la juez ha causado un daño inmenso a la credibilidad del sistema judicial colombiano y, por supuesto, a su propia credibilidad. Para muchos, el sentido de su determinación dejó entrever una animadversión hacia la personalidad del hoy condenado.

Con o sin intención, por inocencia, subjetividad o convencimiento, por lo que sea, esta decisión judicial demuestra que en Colombia se invirtió el sentido común como resultado de una narrativa política que parte del rencor y opaca lo que realmente sucede: caos, desorden, pérdida de valores y una amenaza directa a la democracia. Basta observar el relato que hay alrededor del expresidente Uribe para entender cómo se ha intentado borrar la historia de su gestión.

Más allá del fallo judicial, lo preocupante y doloroso es ver cómo una institución tan sagrada como la justicia terminó al servicio de la explosión controlada del país, como diría Alejandro Gaviria, alguien que también fue cooptado por esa dinámica y creyó que la narrativa política del cambio y del “gobierno de la vida” valía la pena. Para cerrar el comentario sobre Gaviria, ahí están las consecuencias: su reputación se vino al piso.

Lo reitero: aquí se confirma esa perversa narrativa política y propagandística, una fórmula que socava a personas e instituciones, buscando doblegarlas, y —de antemano pido excusas por la dureza de la expresión que usaré— si existe oposición, aniquilarla.

La política de izquierda hoy tiene un trofeo: Uribe. Mientras tanto, los cabecillas de las Farc permanecen tranquilos, disfrutando de los beneficios que el proceso de paz les otorgó, bajo el manto de una justicia transicional que aún no determina su culpabilidad respecto a hechos evidentes: crímenes de lesa humanidad, reclutamiento de menores, sevicia, tortura, secuestro y narcotráfico, por mencionar algunos. Sin más ni menos, eso es un aval de impunidad.

Esto duele y refleja a un país extraviado, donde el orden es el caos y lo normal ahora es avalar el actuar ideológico de quienes ostentan el poder, personas que con sus pecados están haciendo hasta lo imposible por polarizar a un país para dominarlo a su antojo.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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