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Faltan delitos por descubrirse y enjuiciarse del desgobierno anterior y sus secuaces, y deben ser evidenciados y juzgados.
Por Juan David Escobar Valencia - opinion@elcolombiano.com.co
Hace mucho tiempo dije que “los políticos son tan malos como tan malos sean los votantes”. En dictadura es legítimo quejarse por tener como gobernante a un sociópata, un inepto, un drogadicto, un cleptómano o un degenerado (o todo al tiempo porque también los hay), ya que seguramente accedió al poder mediante el uso de la violencia, intimidación o compra de votos (o todo al tiempo porque también sucede), y no por elección libre y no remunerada de electores. Pero en democracia, particularmente la “representativa”, tener a un enemigo parasitario de la sociedad como gobernante es responsabilidad absoluta e inexcusable de ciudadanos y votantes que son peores aún que quien dice actuar en nombre de ellos.
Se volvió folclórico quejarse de todos los políticos y acusarlos de corruptos porque solo piensan en su interés y beneficio ¿Y acaso no hay votantes que actúan igual? Sigo convencido que en Colombia lo que menos se venden son espejos, porque pareciera que a la gente no le gusta verse a sí misma, así sean adictos a selfis, sino que prefieren las ventanas para ver y adjudicarle a otros sus miserias y defectos. Cuando un político corrupto hace un “negociado” con dineros públicos con un contratista, ¿no son finalmente los privados quienes se benefician y posiblemente sean instigadores del delito? No estoy exculpando al funcionario público corrupto, pero ¿por qué la corrupción y el escarnio público se concentra en él y poco en quien está del otro lado del contrato? “¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga: la que peca por la paga, o el que paga por pecar?” dijo Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII en su poema conocido, por su primer verso, como “Hombres necios que acusáis”.
Algunos no se sentirán aludidos porque no han sido funcionarios públicos o contratistas del gobierno, pero la podredumbre no se incuba en la contratación pública sino en lo que aceptan, creen y toleran los ciudadanos. Hace unas semanas salió una encuesta según la cual la favorabilidad del ex-okupa del Palacio de Nariño y su derrotado sucesor es mayor que la del “congresista más votado de la presente legislatura, como el representante a la Cámara Daniel Briceño y su jefe político, el expresidente Álvaro Uribe Vélez”. Si esa medición es correcta y permanece en el tiempo, hay que preocuparse porque indica que un porcentaje aterrador de colombianos no fungen como ciudadanos sino como “cómplices” y confunden lo que sale de la parte sur de las vacas cuando miran al norte, con una pomada medicinal.
Un país es inviable formado por ciudadanos con encubridora y pervertida concepción del “pluralismo” y la tolerancia, que consienten, apoyan y admiran la maldad, la corrupción y a sus agentes. Son peores que ellos y garantizan la permanencia de una pinturesca sociedad petrosantista convencida de que “ser pillo paga”. Aunque nos hemos enterado de muchos, faltan delitos por descubrirse y enjuiciarse del desgobierno anterior y sus secuaces, y deben ser evidenciados y juzgados todos para que las elecciones del 2030 no sean una repetición de las del 2022.
P.D.: ¡Ahorremos agua y energía!