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Tal vez el riesgo de la IA no sea que llegue a pensar como humanos. Es que los humanos dejemos de pensar.
Por Juan Carlos Manrique - opinion@elcolombiano.com.co
Hace unos días conocimos PISA 2025. En la OCDE —el club donde decidimos jugar—, lectura y matemáticas alcanzaron sus promedios más bajos registrados por PISA. La paradoja: nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible ni herramientas tan poderosas. Mientras las máquinas adquieren capacidades extraordinarias, surgen dos preguntas: ¿PISA muestra un deterioro de capacidades humanas que serán cada vez más necesarias? ¿O llegó la hora de preguntarnos si PISA está midiendo las capacidades que necesitaremos?
Colombia agrega otra dimensión. La IA llegó al salón antes de que resolviéramos nuestros problemas de aprendizaje. El 56% de nuestros estudiantes utiliza chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana. Durante años medimos el progreso educativo por cobertura: cuántos niños entraban al colegio, cuántos jóvenes llegaban a la universidad, cuántos profesionales graduábamos. Todo eso importa. Pero estar dentro del sistema no garantiza aprender. Y acceder a una respuesta tampoco significa entenderla, cuestionarla o saber qué hacer con ella. ¿Qué pasa cuando las máquinas aprenden cada vez más rápido y nosotros no?
La pregunta no es si debemos utilizar inteligencia artificial. Es qué capacidades estamos ampliando y cuáles empezamos a sustituir. El Observatorio de Agentic AI de España e Iberoamérica lo plantea así: “¿Qué decisión voy a tomar como humano?”. Una cosa es delegar tareas y otra, decisiones. El desafío es entender qué capacidades humanas generan valor y cuáles terminarán automatizándose. La OCDE pide cautela. La relación entre IA y desempeño es compleja y no demuestra causalidad. El uso moderado de IA para aprender se asocia con mejores resultados que un uso bajo o intensivo. Entre quienes utilizan IA frecuentemente, aprender a evaluar la información que produce se relaciona con mejores resultados. La tecnología no elimina la necesidad de aprender. Puede hacerla más exigente.
Singapur respalda esa cautela. El 66% de sus estudiantes utiliza IA semanalmente para aprender. Su sistema está entre los de mejor desempeño en PISA. El 81% aprende en clase a evaluar información generada por IA. El problema no parece ser cuánto se utiliza, sino cómo aprendemos a utilizarla. Quien tenga criterio podrá usar la IA para llegar más lejos; quien no lo tenga puede depender de ella para pensar. La IA puede dar respuestas correctas sin exigir comprensión. Puede democratizar respuestas sin democratizar la capacidad de juzgarlas. Incluso puede democratizar la ilusión de saber.
Y esto convierte un problema educativo en algo mayor. Comprender un texto, contrastar fuentes, distinguir hechos de opiniones y evaluar evidencia no son solo capacidades para conseguir empleo. Son capacidades para ejercer ciudadanía. Una democracia depende de personas capaces de formarse un criterio mientras algoritmos producen cantidades ilimitadas de información y compiten por su atención. Sabemos dónde están muchas de nuestras debilidades educativas. La IA aumenta el costo de no haberlas resuelto. Tenemos que decidir qué capacidades humanas queremos fortalecer con ella y cuáles no estamos dispuestos a delegar.
¿Nos pasará con el pensamiento lo mismo que con el sentido de orientación después de Waze? Tal vez el principal riesgo de la inteligencia artificial no sea que llegue a pensar como los humanos. Es que los humanos dejemos de pensar.