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Sobre la tecnolatría

hace 2 horas
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Por José Guillermo Ángel R. - memoanjel5@gmail.com

Estación Pantalla Electrónica, a la que llegan los que creen que todo se controla con un click, los que no abandonan el celular porque es una prótesis de si mismos, los que ya ni suman ni restan (ni dividen ni multiplican) porque olvidaron cómo hacerlo y lo hace una calculadora, los que le preguntan a la Inteligencia Artificial creyendo con fe ciega en su respuesta, los que reducen el análisis a meros datos sin prever marginalidades, los que se aplican dosis de información tendenciosa y pasan todo el día nerviosos segregando adrenalina, los que intiman con la máquina para satisfacer un instinto, los que cambian su imagen por la de un avatar y terminan creyendo que así son, los que ya piensan como robots y no se salen del programa, los que subliman su agresividad con un videojuego y no paran de dispararle a muñequitos que saltan, los que cambian sociabilidad por soledad virtual, los que usan lo técnico para ejecutar todo tipo de delitos informáticos, los que tratar de engañar a otros con trabajos que han copiado de la red, en fin, abundan los sentados y clavados a una pantalla que habitan algoritmos y su único ritual es enchufarse.

Es claro que la tecnología (herramientas adecuadas para ejecutar una acción con el mínimo de error) ha creado un mundo más desarrollado. Pero, al mismo tiempo, ha dejado de ser algo seguro, pues lo que se había diseñado como logro de la inteligencia hoy en día es una manera de control que va más allá de lo que preveía Orwell en 1984. Y este control, ya nuestra identificación es un número, se amplía, no a la fuerza sino a través de la tecnolatría, término que no aparece en el diccionario, pero ya existe. La informática es el nuevo dios al que todo se le cree (ya no fallamos nosotros sino el sistema) y que siempre está presente porque lo llevamos en el celular (esa especie de todo que comunica, sitúa y asusta) y que, sino estamos incluidos en su base de datos, nos clasifica como inexistentes.

Los tecnólatras, que han trasladado las funciones del cerebro (y muchas del cuerpo) a la máquina, se someten a lo que ésta diga, a que tenga la razón y trace los caminos. Y este sometimiento, producto de unas teclas y una pantalla, desvirtúa el pensar, la libertad y la lentitud propia de la vida en orden. Nada es a grandes velocidades, solo el desorden que se dispara, pero no ve. Y ya estamos en él, enchufados. Y si hay un apagón largo, esa falta de energía nos llevaría al no sabemos, a lo que ya se llama infocalipsis.

Acotación: La tecnología es una herramienta que bien usada sirve mucho. Pero no puede ser una dependencia (una adicción) en la que solo se dé lo que la máquina proponga. Por eso hay que ponerle límites.

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