viernes
0 y 6
0 y 6
Hasta hace poco los padres eran la autoridad suprema en la familia en todo sentido, entre otras razones, porque eran personas sabias e infalibles para sus hijos debido a que los superaban en todo.
Sin embargo, hoy, por el contrario los niños nos aventajan en el campo más importante de la vida actual: el de la informática. Parece que las nuevas generaciones vinieran “de fábrica” con un microchip incorporado que les permite dominar innatamente todos los intríngulis de la tecnología virtual y desempeñarse desde pequeños con una maestría sorprendente en el espacio cibernético.
Esto significa que los niños nos llevan la delantera. Por eso ya no nos ven como seres todopoderosos, a quienes pueden recurrir para que les resolvamos todas sus dudas... sino que ahora somos nosotros los que, a menudo, requerimos de ellos para que nos solucionen los nuestros, como por ejemplo: que nos descongelen la pantalla, que nos configuren la computadora, o nos enseñen a escanear, a chatear, a “textiar”... y nos indiquen cómo operar el iPad (que heredamos de ellos). Así, ya no somos los héroes de nuestros hijos, esos seres superiores que todo lo pueden y todo lo saben... sino sus aprendices.
Si bien no podemos eludir la confusión que nos causan tantos avances, debemos tener presente que, aunque los niños nos superen en habilidades tecnológicas, nosotros siempre podemos ser su referente porque los superamos en madurez y sabiduría... esas cualidades que nos permiten pensar y obrar con la cordura, la entereza y la certeza que nos hace dignos de su admiración.
De tal manera que si actuamos como adultos maduros e íntegros, nuestros hijos seguirán acogiendo nuestra autoridad por el respeto que les infunden la sensatez y la integridad con que procedemos. Por eso es fundamental que nos preguntemos ¿qué imagen les estamos proyectando a nuestros hijos con nuestra forma de actuar y de asumir nuestras responsabilidades como padres?. ¿Será que les inspiramos admiración con nuestras actitudes y conductas?
Es fundamental tener muy presente que nosotros somos el libro en el que los hijos aprenden qué está bien y qué está mal.