Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9
Cuando se muere un escritor que uno quiere, yo lo que hago es visitarlo cada tanto en sus libros.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Paul Auster ha sido uno de mis escritores favoritos. De él, creo, lo he leído casi todo. Empecé con “La invención de la soledad” por aquellos años cuando a mi padre le dio por morirse sin avisar y siendo yo un joven sin experiencias importantes sobre la muerte. Me acuerdo que andaba paleando la tristeza en una biblioteca pública, cuando agarré un libro café al azar de uno de los anaqueles, y resultó ser este que menciono, y cuyo primer párrafo decía exactamente lo que yo estaba pensando hace 26 años: “Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un día y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte”.
No podía creer lo que estaba leyendo, ese era mi padre, ese era yo. Desde aquel momento entendí la mortalidad, Paul Auster y mi padre me enseñaron que la vida se convierte en muerte en cualquier instante, pero yo no me quedé con la muerte a cuestas, me quedé con la vida que tenía por delante, con las ganas de seguir leyendo todo lo que había escrito y lo que publicaría este escritor norteamericano que se murió de cáncer el 30 de abril de 2024. La última novela que leí de él fue “Baumgartner”.
Cuando se muere un escritor que uno quiere, yo lo que hago es visitarlo cada tanto en sus libros. No diré que volví a leer toda su obra, pero sí la salpiqué, releí los subrayados hasta sentir y agradecer, una vez más, el asombro y la sencillez que habitan sus libros. La cosa iba así, digamos que bien, los duelos deben encontrar puertos para partir y seguir viviendo y soñando con otros autores, cuando me enteré del libro que publicó este año Siri Hustvedt, sobre los últimos meses de Paul, sobre como a punto de fallecer de un cáncer, él le dijo que quería convertirse en fantasma, regresar para ver cómo estaba, qué escribía tras su partida o cómo crecía su nieto.
En pocos días leí “Historias de fantasmas”, porque es un libro íntimo, una especie de diario compuesto por cartas que hablan de todas las formas del amor, de una lucha contra el tiempo para poderle explicar a su nieto, Miles, qué son las ausencias, quiénes son las personas que más lo quieren y de qué está hecho este mundo que a Paul, hasta su último suspiro, le preocupó por las cosas que están ocurriendo; tal vez por eso, como escribió Siri, “Paul murió antes de que muriera la república. 1787-2025. El espectáculo de la crueldad continúa, simbólico y real”.
Este libro es una declaración de amor, de aprecio intelectual entre dos escritores que en la medida que sus libros fueron desarrollándose y se leyeron mutuamente, se asomaron y compartieron los sueños del otro. Un libro precioso sobre el duelo, sobre lo importante que es hablar de vivir en las páginas de un libro.