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Es temerario involucrar en la corrupción las universidades de donde han egresado personajes señalados como corruptos. Volvió a divulgarse un ranquin de 34 instituciones de educación superior en las que se han formado 110 profesionales proscritos por presuntas o probadas transgresiones de la ética, la moral pública y diversas normas legales. Es noticia vieja, publicada en abril de 2017 por el Observatorio de la Universidad Colombiana. Figuran “políticos, guerrilleros, paramilitares, asesinos y grandes contratistas”. Por supuesto que en la lista puede que no estén todos los que son ni sean todos los que están. Su atractivo principal consiste en que alborota la curiosidad y la malicia de mucha gente.
Es cierto que las universidades, trasunto de la misma sociedad, no son refractarias ni inmunes a las prácticas sucias, antiéticas e inmorales. Ha habido tanto denuncias como investigaciones y algunas conclusiones graves sobre la amenaza patente de ese azote en el ámbito universitario, público y privado. Sin embargo, es seguro que en la mayoría de las corporaciones educativas de pregrado y posgrado se afinan controles preventivos y punitivos contra la corrupción. Me consta por las que conozco muy de carca. Las universidades acreditadas ante la comunidad y el Estado son respetables por su pulcritud y su esmero en la formación integral de buenos ciudadanos. La inmensa mayoría de los profesionales tiene una estructura moral que los blinda y garantiza su confiabilidad y credibilidad en materia de capacidades y competencias.
Es absurdo establecer un vínculo de causalidad entre corrupción y pertenencia a la institución universitaria. Ninguna universidad seria, dotada de un carisma fundacional sólido, dueña de una tradición honorable y comprometida con propósitos y objetivos acordes con las exigencias filosóficas, pedagógicas y legales de la educación superior, pero además sujeta a la inspección y vigilancia estatal y cumplidora de los estándares exigentes en cuestión de acreditación, ninguna, digo, puede ofrecer cursos o programas de corrupción en diferentes niveles, ni graduar en esa anticiencia perversa y destructiva. No puede haber ni facultades ni escuelas, ni licenciados ni doctores en malabares torticeros contra la integridad y la transparencia de este país. Los corruptos graduados deformaron su conciencia y su talante en otras fuentes reconocibles, pero no en las universidades.
El juego tonto de elaborar un ranquin como el del refrito es, por lo menos, irresponsable y audaz en el mal sentido. El sujeto corrupto no necesita formarse como profesional. Domina todas las trampas. Los que pretendan gozar con esa noticia extemporánea y tendenciosa caen en el engaño de la llamada falacia de falsa relación. Tal vez en la internet puedan encontrar y aprovechar algún video tutorial que les permita capacitarse, incluso con derecho a un diploma que los acredite ante los ciudadanos como bobos de remate