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Columnistas | PUBLICADO EL 13 noviembre 2022

Finitud

Esa negación que se hace de la finitud de la vida es paralizante, porque dormitar en un tiempo ilimitado nos hace perder el sentido de las prioridades.

Por Jorge Giraldo Ramírez - jorgegrld@gmail.com

Amigos y conocidos que preguntan por la razón de mis decisiones vitales se encuentran con la misma respuesta mediante dos ejemplos distintos. La esperanza de vida para hombres en Colombia es de 77 años, cumplo 65, así que hago una regla de tres (me guardo la expectativa condicional). Si la vida fuera un partido de fútbol faltarían 14 minutos para el pitazo final. Como el fútbol es tan complejo, hablo de teléfonos móviles que son más populares y sencillos: le queda 16 por ciento a una batería que no se puede recargar. ¿Cómo querés pasar esos 14 minutos? ¿Con quiénes y dónde compartirás ese 16 %?

La pregunta remite de modo directo al hecho de la finitud de la vida. Un hecho prosaico que por sí mismo solo adquiere brillo debido a la negación en que se refugia el bípedo humano. Esa negación que se hace en nombre de un falso activismo es paralizante porque dormitar en un tiempo ilimitado nos hace perder el sentido de las prioridades y aplazar lo que importa; lo sabía Thomas Mann cuando describió la falta de rebeldía de Jacob contra el suegro que lo esclavizó. Por eso creo que tiene razón Joan Mèlich cuando afirma que siendo finitos “vivimos siempre en despedida”. El límite hace de la renuncia una constante: ya sé que no iré a China, no leeré En busca del tiempo perdido, no aprenderé filosofía analítica, no escalaré el cerro San Nicolás y una lista larga.

La persona que se dedica a las tareas del espíritu suele engañarse también con su pertinencia y longevidad. La vocación por el “querer decir”, la pasión por comunicar, siempre debería conllevar la consciencia sobre la gravedad de la palabra. Sobra anotar que en los tiempos que corren esta implicación está perdida; sin embargo, no es excusa para quienes hemos asumido profesionalmente el oficio de decir, escribir, aparecer en la esfera pública. La paradoja de hoy es que se dice fácil y rápido, pero para algunos puede resultar costoso (pensemos en Carolina Sanín, por ejemplo). Aunque impersonal, el decir escrito necesita un proscenio, un auditorio, una calle mínimamente claros, dispuestos, tolerantes. La fatiga que entraña separar la sensibilidad del entendimiento cuando decimos algo no nos puede sobrepasar. Cuando esa fatiga se impone o se dice con pasión, así sea modulada, o se calla.

Diré que este es el sustrato de mi decisión de resignar mi espacio en este periódico después de 15 años. Hay contingencias, más o menos incómodas que, espero que no pasen de tales. Debo expresar mi gratitud con la institución, con Ana Mercedes Gómez que me abrió las puertas, con sus sucesoras Marta Ortiz y Luz María Sierra y los editores de opinión (Luis Fernando Ospina, Julián Vélez, Francisco Jaramillo y Lina María Múnera). Me queda un buen recuerdo de los lectores, a ellos debe alentarles el motivo de Paul Ricoeur (1913-2005): la persona y la perspectiva son finitas, el verbo infinito. 

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