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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

¿Y si nos juntamos?

Esta lógica resulta urgente en la educación superior por el cambio demográfico, la sobreoferta y una disminución en la demanda.

hace 8 minutos
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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

La competencia es sana y sumamente necesaria, pero tiene un requisito tácito para funcionar: la existencia de la demanda. Cuando el mercado responde y hay suficientes consumidores para todos, competir impulsa la innovación, mejora la calidad y dinamiza la economía. El problema surge cuando la demanda se contrae o se vuelve insuficiente. En ese escenario, la competencia deja de ser un ejercicio de excelencia y pasa a convertirse en una batalla alimentada por el ego de “sostener la caña” y en desgastante lucha de filigrana por la supervivencia económica. En este punto de quiebre, unir fuerzas deja de ser una señal de debilidad para convertirse en opción inteligente. Juntarse permite no solo garantizar que la actividad mantenga su curso con solvencia, también optimizar recursos para que los réditos resultantes sean finalmente suficientes para dignificar y sostener el ejercicio.

Esta lógica resulta urgente, por ejemplo, en la educación superior, un escenario que hoy enfrenta una crisis marcada por el cambio demográfico, la sobreoferta institucional y una preocupante disminución en la demanda. Frente a esta realidad, revivir la propuesta de integrar instituciones de educación no solo resolvería un problema estructural de sostenibilidad, sino que sentaría bases para transformar a la ciudad en verdadero destino global de conocimiento. Sumar capacidades permitiría consolidar campus especializados con docentes altamente cualificados e infraestructura con acceso permanente a tecnología de punta, logrando que el sistema educativo no compita por sobrevivir, sino que coopere para sobresalir.

Pequeños grandes pasos demuestran que este camino no solo es viable, sino pragmático. Un ejemplo es la alianza en Bogotá entre dos instituciones de tradición, el Gimnasio Campestre y el Colegio Marymount, que decidieron empezar una integración de proyectos educativos para consolidarse en un solo colegio. Ante las tensiones demográficas y económicas que comparte la educación básica, estas instituciones prefirieron sumar historia, infraestructura y fortalezas pedagógicas en lugar de desgastarse en una competencia solitaria. Este paso valiente demuestra que la visión estratégica de unirse permite proteger el propósito de formar seres humanos, demostrando que cuando el entorno exige adaptación, la cooperación es el verdadero signo de liderazgo.

Una articulación de esta magnitud no es tarea sencilla. Exige alinear infinidad de astros: sincronizar intereses financieros, conciliar identidades históricas, ceder espacios de ego y coordinar cosmovisiones y metodologías de trabajo distintas. El camino está expedito y la oportunidad de mejora servida. La integración no es una figura exótica o experimento alternativo, sino una necesidad fundamental. Más allá de la subsistencia económica, juntarse permite liberar cantidad de energía y tiempo que hoy se dilapida en búsqueda de recursos y de estudiantes. Ese tiempo recuperado es el que urge reorientar hacia lo que debería importar: pensar, diseñar y accionar procesos educativos del presente y del mañana, un desafío imprescindible en tiempos de IA y de profundas incertidumbres sobre el futuro de lo humano.

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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

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