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Egos inflados

hace 3 horas
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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

Desde que existen registros y pruebas arqueológicas la guerra ha estado presente en la historia de la humanidad y, así como el armamento ha evolucionado, la naturaleza humana, las crisis y los enfrentamientos se conservan vigentes después de miles de años: peleas por el alimento, rutas comerciales, dominio territorial, expansión de imperios, intereses de supremacía y conflictos motivados por creencias, o sea asumir que un país, etnia o religión tiene el mandato divino de imponer su cultura sobre otro.

“El arte de la guerra” de Sun Tzu, legendario estratega y filósofo chino (siglos VI y V a.C.) es quizá el tratado de estrategia militar más influyente de la historia, a la vez que la universalidad de sus principios siguen teniendo aplicación en el presente: someter al enemigo sin luchar, el engaño y la inteligencia, conócete a ti mismo y al enemigo, adaptación y flexibilidad, y logística. Sin embargo, en esta ocasión el postulado que más me llama la atención es el de conócete a ti mismo y a tu enemigo, dado que “si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo correrás peligro en cada batalla”. Más, cuando los jefes de Estado o de Gobierno que asumen la dirección estratégica y política de la guerra padecen Trastorno Narcisista de Personalidad (TNP).

El TNP es una enfermedad de salud mental que se define por un patrón de grandiosidad imaginario o de comportamiento, junto a un egocentrismo extremo, falta de empatía, exageración en los logros, necesidad de admiración y, manipulando las situaciones, búsqueda incesante de protagonismo, señales que son profundamente antagónicas con el autoconocimiento y, por tanto, con el conocimiento del otro.

Un líder con esta patología puede obtener victorias tácticas gracias a su audacia, pero su estado psicológico suele llevar a decisiones estratégicas nefastas. La grandiosidad, su intolerancia a la crítica y falta de empatía, le impiden evaluar los riesgos de manera objetiva a la par que la tendencia a exagerar sus capacidades lleva a metas desmesuradas y subestimación del enemigo que, a menudo, resultan en acciones ineficaces y prolongación del conflicto. Estas condiciones conducen a un estancamiento donde ninguna de las partes avanza ni cede y el enfrentamiento se convierte en crónicamente subterráneo. Además, un jefe de Estado o de Gobierno que no muestra un auténtico interés por el bienestar ajeno (falta de empatía) produce un desgaste moral erosionando la confianza de la fuerza militar, mientras la necesidad de proyectar perfección hace que no pueda admitir errores y ajustar tácticas.

El poder sostenido en el ámbito político y militar puede exacerbar estos rasgos y desembocar en el síndrome de Hubris (soberbia extrema), caracterizado por imprudencias graves y una pérdida de contacto con lo que sucede. Si bien pueden asegurar avances iniciales, la gestión a largo plazo podría ser contraproducente. El fracaso militar debido a líderes con TNP como la Invasión de Rusia por Napoleón (1812), la Operación Barbarroja y la Batalla de Stalingrado (1941-1943) son ejemplos de egos inflados que conducen a la derrota.

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