Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Por Fáber Andrés Alzate Ortiz* - opinion@elcolombiano.com.co
Siento que nos encontramos ante una realidad preocupante, mientras aún existen instituciones que discuten si se deben prohibir los teléfonos en las aulas o cómo fiscalizar que un trabajo de clase no haya sido elaborado por una Inteligencia Artificial, el entorno productivo y empresarial tiene unos intereses y preocupaciones completamente diferentes. En pleno 2026, la Industria 4.0 está dejando de ser una idea de película para convertirse en nuestra plataforma de trabajo y preparación cotidiana. Sin embargo, el sistema educativo formal parece atrapado en un bucle de siglos pasados, al empeñarse en mantener rituales “pedagógicos” basados en la memoria y la repetición; haciéndonos creer que la ciencia es estática y ahistórica. ¿Cuál es la educación que necesitamos? Informes globales relacionados con la actual sociología del trabajo, advierten que producto de las nuevas formas de industrialización y empleo, alrededor del 40% de las habilidades laborales básicas se transforman antes de terminar una década, por lo tanto, lo que enfrentamos no es una simple escasez de empleo, sino una desconexión crítica de capacidades, pues el mercado laboral busca perfiles capaces de cohabitar con agentes autónomos de IA y Big Data, pero las instituciones siguen graduando expertos en procesos operativos automatizables como si estuviéramos en el siglo pasado.
La educación que necesitamos no puede basarse en la simple acumulación estática de información, porque hoy, el valor humano en muchos oficios no reside simplemente en la ejecución técnica y en la fuerza, sino en el pensamiento crítico para formular las preguntas correctas en contextos éticos y para decidir con agudeza qué hacer con los resultados de la máquina, porque estamos pasando de la era del saber a la era del saber conectar.
Desde la psicología cognitiva y organizacional, el verdadero analfabetismo contemporáneo no es el digital, sino el adaptativo y en ese sentido, el mayor activo de un profesional hoy es la flexibilidad mental adaptativa y la curiosidad insaciable. Si un estudiante se gradúa creyendo que su formación termina con el diploma, ese título es un boleto directo a la obsolescencia, porque hoy más que nunca, la formación debe concebirse como un ecosistema continuo, portátil y modular a lo largo de la vida.
Esto obliga a redefinir las “habilidades blandas o socioemocionales”, las cuales hoy son la moneda más valiosa del mercado, considerando que la empatía, el liderazgo con propósito, la negociación y la inteligencia emocional son atributos estrictamente humanos que a la tecnología le quedará imposible replicar y por ende, en un entorno hiperdigitalizado, la principal ventaja competitiva de cualquier organización o región será su nivel de humanización.
La transformación educativa exige abandonar la visión industrial de la academia, considerando que la sociedad de hoy no necesita fábricas de profesionales homogéneos y reclama más bien laboratorios escolares de talento vivo y diverso, donde las aulas logren ser espacios de mediación pedagógica orientados a resolver problemas reales capaces de integrar estratégicamente la Inteligencia Artificial. El desafío local es inaplazable, si ignoramos la velocidad de esta revolución tecnológica y social, estaremos ampliando la brecha de frustración. La educación que necesitamos es aquella que no compite con la Inteligencia Artificial, sino la que potencia la condición humana; es hora de pasar de un modelo basado en respuestas correctas a uno que se fundamente en posibilidad de permitirnos hacer las preguntas valientes, porque solo así formaremos ciudadanos listos no solo para sobrevivir al futuro, sino para liderarlo con sentido crítico y social.
*Rector Uniminuto, sede Antioquia-Chocó